—¿Un pueblo de las antiguas misiones jesuíticas?...

—Sí, señor. Por esa «picada» es el camino. Se llama Santa María Mártir.

Me apresuré a internarme en la selva por una «picada», o sea un camino abierto en la espesura. A los pocos minutos me hallé frente a una maravilla arqueológica, mudo de sorpresa, de admiración.

Oprimida y sofocada por la frondosidad del bosque, descubrí una plaza rectangular, grande como de cien metros de lado. Allí podía comprobarse la forma que adoptaban los misioneros para construir sus ciudades. En uno de los lienzos de la plaza levantaban la iglesia, el convento y el almacén; en los otros lados se hallaban las dependencias más importantes, las habitaciones de los jefes y de los caciques, y los talleres comunales, que surtían de cosas al «falansterio» místico y tributaban riquezas a la Compañía.

La plaza tenía un pórtico corrido, apto para guarecer a las gentes del sol o de las tormentas. Esta disposición de las poblaciones misioneras estaba a mis ojos claramente expuesta; las ruinas sufrieron poco, los hombres no se habían llevado los sillares para construir tapias ni chozas; la misma bravura del bosque defendía la muerta ciudad de la barbarie o inconsciencia humana.

Dos lienzos de la plaza conservábanse en pie, hasta la altura del primer piso; los pilares, cuadrados y de sencillos capiteles, permanecían erguidos aún. En el centro de la plaza asomaba la boca de un profundo pozo, que se comunicaba con un subterráneo cuya boca quedaba abierta en un muro lateral, de proporciones ciclópeas.

Dentro del muro ciclópeo, capaz de resistir la furia de un cañón, contemplé una especie de nicho, resto de capilla o de celda. Sobre un altar improvisado, una imagen de la Virgen mantenía aún en sus brazos al Niño, que la injuria del tiempo había maltratado, cortándole los brazos y las narices.

Después los macizos muros se desprendían de la plaza céntrica y alejábanse en varias direcciones, hasta perderse y desaparecer bruscamente, como indescifrables interrogaciones en el misterio de la selva. Nada tan extraño e imponente como aquellos muros decapitados, hechos de grandes sillares rojos, ocultos en la sombra de los inmensos árboles enlazados por las lianas. Una impresión del soñado Indostán se avivaba en mi mente, y me figuraba asistir al espectáculo de las raras arquitecturas místicas en los bosques del Ganges...

Cuando me alejaba, una cotorra pasó chillando sobre mi cabeza. El fruto de los naranjos comenzaba a sazonar. Eran unos naranjos silvestres, nobiliarios y perseverantes, hijos de aquellos otros que los misioneros importaron y cultivaron. Uno tras otro, los árboles de fruto de oro iban sucediéndose en el secreto de la selva, como tácitos transmisores de la tradición. Bajo la sombra de los naranjos, los cándidos indios guaraníes sesteaban después de la labor reglamentaria. Trabajaban para el común; nadie tenía propiedad individual; vivían acuartelados con una distribución inteligente y suave de todas sus horas. Dirigidos por los misioneros, gobernados por los caciques de su propia raza, tenían limpios trajes de algodón, impresionantes y poéticas fiestas religiosas, procesiones, luminarias, bailes y ceremonias, tan caras a la imaginación del indio.

El confín del mundo