Aquí abajo, sobre la evidente corteza terrenal, el hombre rastrea las cosas útiles, necesarias, positivas: allá arriba asciende el ave caudal por la escala luminosa del infinito. Cosas útiles, ¡cuánto nos cuestan! Hay frutos, y minas, y carnes sabrosas sobre la tierra; hay gloria, y triunfos, y placeres: y los hombres vamos rastreando, en pos de las cosas deseadas, odiándonos y mordiéndonos, asesinándonos si es preciso. Mientras tanto, el cóndor augusto se sumerge en su remota soledad, lejos de la tierra, lejos de las cosas útiles que pueden dar placer y que concitan odios.

¡Ave caudal, solitaria! ¡Quién pudiera entender el sentido de tu alma rebelde, y saber remontarse también a la región limpia y virginal en donde no existen las cosas útiles! ¡Quién pudiera acompañarte en tu soledad austera! Y sobre todo, ¡quién pudiera huir del hombre!

Tú tienes garras potentes y pico de hierro; pero el hombre, ¡qué peligrosas y triturantes garras posee! Y el pico del hombre es feroz cuando se lanza sobre la presa. La Humanidad es una muchedumbre de garras y de picos aprestados, prontos a la lucha, dispuestos a desgarrar, ávidos de la carne fresca de las víctimas, o de la carne hedionda de los cadáveres.

¿Y para qué, finalmente? La muerte nos espera a todos, ahí cerca, escondida en la sombra. Si esta fenomenal comedia de la vida tuviese la virtud de la eternidad, aun entonces merecería el dolor de disputarla. Pero esto acaba ingenuamente, como una luz corta y estúpida...

Sobre el cadáver de la cordillera pedregosa, el cóndor atisba el secreto del mundo: vive en contacto con las cimas peladas, con las rocas que nunca han reverdecido, con los horizontes de eterna desolación. Prejuzga ya la hora final que ha de tragarse a los cóndores, a los hombres y a la tierra accidental. Y esta visión exacta de la vida le empuja cada vez más lejos, hacia lo eterno infinito. En tanto que el hombre, alucinado por la rotación de las estaciones y por el florecer constante de las primaveras, se figura, obcecado, que él mismo ha de ser una primavera rediviva. Y no piensa en la miseria del tiempo, y en que un poco más tarde, la Tierra fría será como son ahora los Andes: una osamenta irredimible. Y dentro del cadáver de la tierra, blanqueará el cadáver del hombre, y blanquearán asimismo los cadáveres de sus glorias, de sus odios, de sus enormes anhelos...

Sobre la más alta cumbre, el cóndor abre sus alas poderosas y se mantiene vibrando largo tiempo, inmóvil en el centro del espacio.

Bebe el último rayo de luz solar.

Cuando la luz se ha ido totalmente, el ave se abisma en la tiniebla, y en ella se envuelve, digno manto regio para su majestad solitaria.

Puente del Inca, 1909.

Los Andes a la luz de la luna