Y ahora, que rompa el alba con su claror este delirio de la noche de luna. Que venga el tren a llevarnos, rumbo a las tierras normales, sociales, llenas de gratas mentiras. Volver a contemplar los árboles, las flores, los pájaros, los pueblos. Sumirnos en la enorme ilusión del mundo rodante y agitado. Olvidar estas montañas inertes, anticipo y promesa de la última muerte universal. Y entrar en la vorágine de las ilusiones, oír la voz materna de la imaginación que nos habla de inmortalidad.
Puente del Inca, 1909.
V
ASPECTOS DE MONTEVIDEO
Por la mañana muy temprano, cuando el viajero consigue libertarse de la presión carcelaria del camarote, su anhelo, como una imposición irrebatible, le empuja hacia la parte más eminente de la cubierta del buque. ¡Aire! Ha salido el viajero de la metrópoli del Plata, y probablemente sale en busca de los dos elementos capitales, los mayores enemigos de la neurastenia: aire y silencio. En efecto, sobre la cubierta del buque soplan amplias bocanadas de aire puro, y el silencio es tan grande, que el retemblar sordo de la máquina no es sino un contraste que sirve para acentuar la placidez silenciosa. El sol asciende sobre las aguas. Delante, y bajo el mismo centelleo del sol naciente, surge Montevideo.
El silencio
Todo está sujeto a la ley de las relaciones, y una cosa no es grande por ella misma, sino porque hay otra cosa menor. El silencio de Montevideo no es absoluto; es mayor que otros y menor que otros muchos. Para la percepción de la persona que llega de Buenos Aires, el silencio de Montevideo es de una divina plenitud. El viajero se figura que ha penetrado en una ciudad mágica donde no existen tranvías, ni carros, ni coches, ni chicos vocingleros; sin embargo, en Montevideo hay tranvías y carros y demás sujetos de alboroto. ¿Pero no gritan, ni ruedan, ni chirrian, esos sujetos alborotantes en Montevideo? Seguramente que sí; y hasta es probable que los habitantes de la urbe oriental se sentirán bien incómodos con el ruido penoso de sus tranvías, carros, coches y chicos; pero al viajero que llega de Buenos Aires le parece que todas las cosas son de pluma y que al chocar entre sí no levantan el más leve ruido. ¡Suprema paradoja de lo relativo! Parece también,—ésa es al menos la impresión que recibe el viajero de Buenos Aires,—parece que la ciudad se encontrase en plena huelga; hay un no sé qué de laxo y de tranquilo en las personas que andan, en los vehículos que ruedan; los dependientes de los comercios se diría que, como hay huelga en la ciudad, se ocupan en ordenar con calma sus mercancías en los aparadores; las personas no titubean en pararse a charlar sobre la vía; y hay muchas calles, en fin, de una incomparable soledad, apenas turbada por el paso errabundo de un perro o de un vigilante. El aire sopla libremente, con fuerza, pero no con tanta energía que moleste: es una caricia sobre el rostro y sobre la hondura de los pulmones. ¡Qué plausible ciudad para las faenas del pensamiento! Aire, silencio, ausencia de prisa: son los más activos colaboradores del obrero intelectual.
Las plazas filosóficas
En el mismo corazón de la ciudad tropieza el viajero con unos espacios floridos, frescos, sombrosos, verdaderas treguas de paz. Son plazas pequeñas, plazas sin pretensiones, plazas minúsculas si las consideramos con un criterio actual. Allá en tiempos de Artigas, esas plazas equivaldrían a soberbios parques frondosos: hoy no podemos considerarlas sino como placitas tutelares, en donde uno se halla tan bien, tan suavemente, como cuando recostamos la cabeza sobre un pecho cariñoso. No tienen la magnificencia insultadora de los grandes parques que hoy se usan en las principales metrópolis, pero tienen un encanto de intimidad que vale por todas las grandezas. ¿Dónde he visto yo unas plazas semejantes? Debe de ser en una ciudad europea, quizá española. Ciertamente: yo he visto en Cádiz unas plazas pequeñas, íntimas, calladas, hermosas, como las de Montevideo. Son plazas como para los ancianos, las comadres, los niños y los literatos. En esas pequeñas plazas de Montevideo debe ser delicioso sentarse a leer un libro, cuando la primavera desgrana todas sus flores. Pero leer un libro sin codicia, platónicamente, no por el afán práctico y mercantil de sacarle a las páginas una utilidad de conocimiento, sino con ánimo ligero y generoso. Leer un fragmento y mirar a un árbol; leer otro fragmento y suspender la lectura para seguir el vuelo turbio de una mariposa. De esta manera debe ser grato sentarse en esas plazas pacíficas de Montevideo. En Montevideo vale la pena de ser ocioso: ¡no puede decirse lo mismo de todas las poblaciones! Y como el ocio contemplativo es la condición exigida para una buena literatura, no debe vacilarse en asegurar que Montevideo es la ciudad mejor preparada para conceder a Sur América el regalo de geniales poetas y pensadores.
La naturaleza