La ciudad y su puerto.—Movimiento comercial.—Interior de la ciudad.—Primeras impresiones.—Un compañero mistificado.—El primer tren de ferrocarril.—De Southampton á Londres.

Southampton es una ciudad interesante y pintoresca bajo todos aspectos y que tiene la bella cualidad de predisponer el espíritu del viajero en favor de Inglaterra, á la cual sirve de vanguardia comercial en el centro del canal de la Mancha. Un bonito rio de diminutas proporciones desemboca en el arrabal de la ciudad, confundiéndose con la angosta y hermosísima bahía que le sirve de asiento hácia el Sur, y que la primorosa isla de Wight interrumpe en la embocadura, formando dos canales marítimos entre las costas de Portsmouth y Lymington. La bahía, penetrando en la tierra vigorosamente, se ensancha en el, interior en una especie de círculo oblongo, y por todos lados la costa es el término de colinas notablemente bellas, pobladas de quintas, palacios, bosques artísticos de pinos y encinas, jardines espléndidos, sementeras de cereales y huertas de frutas y legumbres. Todo ese conjunto es tan pintoresco, que aún en medio de los rigores del invierno conserva su gracia y seduccion.

En el fondo de ese horizonte de primores artisticos y trabajos de cultivo refinado, de toda esa decoracion de palacios y casas campestres elegantes, dormían las ondas cristalinas y azules de la bahía, contrastando con la multitud de conos caprichosos, brillantes á la luz del sol, de espesa nieve aglomerada al pié de los árboles y los enrejados, los setos y los grupos artísticos de invernáculos y alamedas enanas. Y en el centro de ese interesante anfiteatro de ondas azules, rocas, colinas, palacios y pequeños pinales, se destacaban las chimeneas y los mástiles de multitud de grandes y pequeños vapores, gigantescos navíos, bergantines y barcas, y se cruzaban caracoleando, impulsadas por el remo, centenares de lanchas ó faluchos pintados de colores, como mariposas volando sobre la tersa superficie de un lago.

Southampton es el centro y punto de partida de muchas grandes líneas de paquebotes que giran entre Inglaterra y las Antillas, Francia, el Norte de Europa, España, Portugal, todo el Mediterráneo, el Brasil, el Africa y la India. Esta circunstancia es la que ha contribuido mas poderosamente á darle mucha importancia comercial á Soulhampton y crear allí un movimiento poderoso en la telegrafía, los ferrocarriles, las comisiones de cambio, las industrias marítimas, las construcciones navales, los correos y las grandes importaciones de metales preciosos, tintes finos y otros artículos de produccion trasatlántica.

La bahía carece en el puerto de esas famosas construcciones de mampostería que se llaman docks ó diques (tan útiles y necesarias en Lóndres, Liverpool y otros puertos comerciales), obras que allí son reemplazadas con muelles de mampostería y de madera, de grandes proporciones, avanzados á una distancia considerable. Así, á pesar del excelente fondeadero del puerto, la accion de la marea es siempre indispensable para la entrada de los grandes vapores y los buques de vela.

La aduana de Southampton tiene un movimiento extraordinario, y á pesar do la rigidez con que se hacen los registros y se cobran los derechos pude observar dos cosas muy notables: 1ª que en Inglaterra el viajero es tratado con decencia y respeto por los empleados fiscales, pues allí no hay esas inquisiciones sobre la persona, que insultan 1ª delicadeza del hombre de honor y el recato de una señora; 2ª que el viajero que quiere evitarse prolijos registros en su equipaje, no necesita mas que decir franca y lealmente lo que lleva en sus baules, en cuyo caso el registro se limita á los objetos denunciados por el propietario. En Inglaterra se tiene un gran respeto por la palabra del hombre, y la sinceridad es siempre el camino mejor. Una señora es muy considerada por los funcionarios públicos. Por lo demas, si alguna dificultad se presenta, los chelines lo arreglan todo en último resultado, pues en este punto Inglaterra se parece á todo el mundo. Lo que allá es cuestión de pesos, de reis ó dollars, por acá es asunto de chelines, francos, thalers ó florines: los nombres varían, pero el dinero tiene en todas partes la misma elocuencia para todos los pueblos.

Después de salir de los vastos salones de la Aduana, el viajero se ve asaltado por los cocheros y carreteros, especie de mendigos sobre cuatro ruedas, que se disputan los chelines del gentleman novicio. Cuando la gavilla da el asalto lo mas prudente es no escoger el victimario, sino entregarse á discreción del primero que llega, so pena de ser estrangulado con equipaje y todo. La primera parte de la ciudad pertenece propiamente al puerto, la aduana, la estación del ferrocarril y del telégrafo y todo lo relativo al servicio de comunicaciones. Allí es donde tiene el marino su soberanía, campea gallardamente el remero, atruena el carretero, y se pavonea, trasformado, el steward (sirviente de paquebote) que pocas horas antes servia al pasajero la hirviente taza de punch.

El cuadro de costumbres es animado y vigoroso, porque todas las gentes que se cruzan por las cercanías de la aduana son los obreros del sol y del agua, endurecidos por las fatigas de un trabajo penoso. Ya tropieza el viajero con el marino de pequeña estatura, rollizo y mofletudo, con su chaqueta de paño negro, abierta, el ancho cuello de la camisa de franela, el sombrerito redondo y charolado, puesto al desgaire sobre una oreja, la corbata negra y flotante y los monumentales botines llenos de clavos, sonando como herraduras de caballos. Ya pasa el carretero como un derrumbe, atrepellando á todo el mundo, enorme, tosco, insolente y oliendo á cerveza como un tonel, trasportando castillos ambulantes de equipajes y trastos, con una fuerza y agilidad que parecen prestadas al caballo normando y á la locomotiva. Ora nos codea el steward, sonriéndonos con malicia porque nos muestra suspendida del brazo la Calipso a quien ha consignado todos los chelines escamotados en la navegacion, y porque en vez de la humilde servilleta, esa blanca y prosáica librea del comedor flotante, ostenta una levita azul de botones amarillos ó blancos, la cachucha del doméstico marino y el estrecho corbatín del dandy. En fin, el guarda de la aduana, con sus aires de persona importante ó cancerbero del puerto, arroja sobre el recien venido una mirada escrutadora ó de proteccion, como para hacer comprender que tiene en sus manos las llaves de las puertas.

La segunda parte de la ciudad, separada del puerto, aparece luego pintoresca, alegre y agradable por la elegancia de sus casas, fondas y palacios, la hermosura de sus alamedas, el aseo exquisito de sus anchas calles macadamizadas, la gracia de sus jardines, el humo de sus altas chimeneas, sus azoteas de techos cubiertos de nieve, sus ricos é innumerables almacenes, las románticas torres de estilo gótico de sus templos, y el movimiento incesante de paseantes, de vendedoras de fruslerías, de hermosas damas y loretas, de coches, de carretas, de barateros, de muchachos gritando, y de cuanto puede hacer la animacion de una ciudad comercial.

Southampton es una ciudad renovada, y de esto dependen en mucha parte sus bellezas materiales y el carácter de su poblacion. Esta es de cuarenta á cincuenta mil habitantes, que el movimiento exterior aumenta accidentalmente mas ó menos. La ciudad tiene un teatro, que regularmente está cerrado;—y carece de periodismo, pues solo cuenta una hoja hebdomadaria. Su verdadero periodismo está en Lóndres, á causa del movimiento activo de la telegrafía y los ferrocarriles; y por lo que hace á teatro los Ingleses no le tienen mucha aficion. El Francés ama el teatro, el café y el periódico;—el Inglés las carreras de caballos, la Bolsa y el almacen. Y en una ciudad tan esencialmente comercial como Southampton, donde se cruzan dia por día millares y millares de viajeros sucediéndose con rapidez, los espectáculos carecen naturalmente de importancia. Allí el silbido incesante de la locomotiva, al partir ó al llegar, en la amplia estacion que centraliza muchos ferrocarriles en actividad prodigiosa; los numerosos partes telegráficos haciendo vibrar los alambres eléctricos á todas horas; las especulaciones consiguientes á los negocios trasatlánticos, y el movimiento aturdidor de grandes carretas de mercancías cruzándose en todas direcciones, le hacen comprender al viajero que en Inglaterra no hay casi tiempo para vivir, ni mucho menos para divertirse.