Pero si Inglaterra es el país de las hermosas, y Lóndres encierra centenares de miles de esas hadas engañosas (verdaderos sofismas, puesto que lo moral no corresponde con la seducción física),—las ciudades como Southampton y Liverpool son los puestos avanzados de ese admirable ejército de caras admirables. Como allí se reúnen tantos extranjeros, ricos americanos, gallardos españoles y elegantes franceses, pasando del uno al otro mundo, el diablo (por sí ó por no le echaré la culpa)—el diablo que no se duerme y es muy previsor y hospitalario, ha tenido el talento de inspirar á muchas de sus mas hermosas parroquianas un loco entusiasmo por las brisas marítimas de Southampton. Infeliz del extranjero que no tenga fuerza para resistir á la seduccion de esas sirenas peligrosas, y crea en los tesoros del amor de puerto de mar!
Conozco la historia auténtica de un excelente Hispano-colombiano, solteron sencillo, que acostumbrado a ver las caras aceitunadas de su parroquia de indígenas, se vino á desaburrirse en Europa. Al llegar nomas á Southampton, el buen descendiente de Colombia, que nunca las había tenido tan gordas, se encontró lelo. Empezó por enamorarse de todas las hembras que veia, porque todas le parecían señoritas de rango, supuesto que usaban gorras de terciopelo, trajes de seda y elegante calzado, atavíos que en Hispano-Colombia corresponden solo á las damas de buena sociedad. Pero luego luego fué reparando que sus señoritas vendían frutas ó baratijas, ó llevaban distintivos de domesticidad, y perdió sus primeras ilusiones, en asocio de unas cuantas manotadas de libras esterlinas representantes de las viejas onzas desempaquetadas.
Con todo, la fascinacion seguía, y nuestro solteron parecia confinado á Southampton, mirando en derredor cómo aturdido y con los ojos claros y sin vista. Un dia vió pasar una hermosa sirena en un lujoso coche, y luego descender sobre el enlosado de la calle. Se cruzaron, y la Inglesa que adivinó bajo el paltó del Colombiano la existencia de una mina de oro, le arrojó una de esas miradas que tumban de redondo como las bolas del gaucho de Buenos-Aires, y le magnetizó. Lo demás siguió como todas las historias de amor. Ello es que á vuelta dé dos meses nuestro solterón del Nuevo Mundo se apercibió, en un momento lúcido, de que apenas le quedaban unas 150 libras por todo fondo, sin relaciones ningunas que le sacasen del apuro. Preciso le fué resignarse. Hizo su paquete, se le huyó á la sirena y se embarcó para Colombia, con el placer de haber conocido a Europa…. Él tenia la persuacion de que después de Southampton el mundo se acababa de este lado del Atlántico. Bienaventurado!
En Southampton fuí testigo de un episodio graciosísimo, cuyo resúmen daré apénas. En el hotel en que permanecí en esa ciudad con mi familia, durante cuatro días, había una señorita sumamente linda, llamada Fanny, y estaba hospedado un joven compañero mío de navegacion. La ley de la atraccion produjo sus efectos y mi compañero (le llamaré H) se enamoró perdidamente de Miss Fanny. Esta no fué insensible, y concedió algunas coqueterías inocentes, propias de los diez y seis años. H no pensó mas en seguir á Lóndres ó París, y cada momento hacia ingeniosas evoluciones para lograr instantes de conversacion a solas con la chica, como él, á fuer de Español, la llamaba, un dia entraba yo á la casa, ví á Miss Fanny en un balcon y me detuve á saludarla y habrarle algunos momentos en muy macarrónico inglés. Subí, y al pasar por un corredor dí con H, que salia de una sala común frotándose las manos y muy alegre.
—¿Qué tenemos? le dije.
—Que la chica Fanny acaba de darme el beso mas suculento del mundo!
—Diantre! le repuse, si yo acabo de verla en el balcon….
—Es imposible, porque yo salgo de hablar solo con ella en el salon opuesto.
No quise adelantar la discusion por prudencia, pero quedé persuadido de que la afirmacion de H no era mas que una chapetonada, mentira de amante jactancioso. Al siguiente dia un lance muy cómico nos aclaró el misterio. Miss Fanny tenia una hermana gemela, tan perfectamente igual en todo, que ni mi esposa con la penetración de una mujer había podido distinguirlas. Como el joven Español no sabia una jota (ó una h) de inglés, su lenguaje había sido el de las sonrisas y señas, las flores y regalos de fruslerías elegantes, etc., etc., y había podido sostener, sin saberlo él y sin que lo comprendieran Fanny y Caroline, un sistema do amorcejos por partida doble; no sin admirarse algunas veces de la rapidez con que Fanny entraba por una puerta y salía poco después por la contraría, fenómeno de bilocuidad que se comprendía al saber que había en la casa dos Fannys ó una Fanny por duplicado.
Debo hacerle á mi Español la justicia de advertir que al punto de comprender el juego en que una rara casualidad le habla mantenido, se fué á tomar su billete para el tren de Lóndres, resuelto á evitar unos amores por duplicata que podian tener mal fin despues de un principio tan risible. Aconsejo á los lectores muy respetuosamente que eviten en todo caso los amores de fonda, tan peligrosos como las amistades de corrillo,