No he visto un país donde haya, comparativamente, tantos empleados como en España. Allí, al contrario de un trivial axioma de administracion, se profesa el principio de tener «muchos empleados, y mal pagados.» La empleomanía es una enfermedad endémica; pero la corrupcion oficial que la acompaña es un cáncer. Así se explican la corrupcion general de los partidos y el desgobierno en que vive el país de mas reglamentos y de mas empleados. Es que el gobierno no es la obra de los gobernantes, sino de las instituciones y los pueblos. Mas adelante tendré ocasion de hacer ciertas observaciones importantes de este género, pues Madrid, Málaga, Cádiz y Santander me suministraron la ocasion, como Valencia.

El pequeño trayecto del Grao (poblacion puramente marítima, de 2,800 almas y de regular movimiento) á la ciudad de Valencia, reina de la suntuosa Huerta, se atraviesa de dos modos: ó en tartana, por la vía carretera, gastando tres cuartos de hora; ó en ferrocarril, en seis ú ocho minutos. Preferí la primera via, por gozar de los encantos del paisaje, porque ver una comarca en ferrocarril es como tomarse un manjar á grandes bocados: ni se le toma el sabor, ni se mastica y digiere.

El camino del Grao á Valencia es una espléndida calle, cuyo pavimento es la arena, cuyo cuadro es una primorosa campiña, y cuyos edificios son cuatro inmensas hileras do álamos y chopos gigantescos; de pompa secular, que enlazando sus ramas de un lado á otra forman una bóveda moviente de 5 á 6 kilómetros. A los lados se destacan graciosas casas campestres en gran número, cubiertas de paja, pulcramente blanqueadas y rodeadas de jardines y huertos perfumados. Detras agitan sus copas de un verde oscuro las moreras, salpican el campo los simétricos viñedos, ú ondean como lagos de verdura los entables de trigos, dominados á veces por las flotantes espigas y las rubias cabelleras de las cañas de maiz. Aquel paisaje es de suyo primoroso; pero cuando se le ve viniendo uno de surcar las soledades del mar, su encanto es indefinible. El corazon late y respira como si sintiese una resurreccion. Es que en el mar el corazon enmudece y el espíritu trabaja solo; miéntras que en la tierra el sentimiento recupera su imperio.

No hay una ciudad que revele tanto como Valencia la lucha de siete siglos en que estuvieron tenazmente empeñadas dos razas y dos civilizaciones abiertamente opuestas. Todo indica allí la imposibilidad anterior de la fusion, y la existencia de una sociedad engendrada entre sangre y odios por el árabe conquistador en el seno de la goda vencida, y luego trastornada por la reaccion de los conquistados sobre los conquistadores. La raza, la lengua, la arquitectura, las costumbres y la industria, son una mezcla, no un amalgama de formas heterogéneas, conservando cada cosa su tipo característico. La vieja España y la Arabia moruna viven allí conjuntamente, codeándose, entrechocándose, y rara vez armonizando en realidad. Tal parece como si la guerra de los moros no hubiera terminado en Granada, sino que continúa en Valencia.

Veamos el conjunto de Valencia y su valle, y despues diremos algo sobre los pormenores. La renombrada Valencia, perla conquistada por el Cid campeador, cuya Huerta fué llamada por el historiador Mariana los Campos Eliseos, está dividida por el rio Turia (reducido en el verano á cauce), y tiene á su derredor muchos arrabales, así como vastas pero ya inútiles fortificaciones. La poblacion interior alcanza á 66,000 habitantes, pero la total es de mas de 106,000. Aparte de su importante y muy valiosa produccion agrícola, de que luego hablaré, y de algunos trabajos de arte, se distingue por su fabricacion de sederías y sus tejidos de lana muy graciosos, tales como las moriscas mantas de colores, que reemplazan la capa ó hacen el papel de la ruana, ó poncho ó sarape de Colombia.

Valencia tiene numerosos y regulares institutos de instruccion y beneficencia, que la hacen interesante, y cuenta muchos monumentos en cuyo interior hay verdaderas preciosidades artísticas. Notablemente se distinguen en esto la Catedral y la iglesia de los Desamparados únicos templos que pude visitar.

Para tener una idea exacta de Valencia, ciudad de la mas extraña fisonomía, es necesario subir hasta la altísima plataforma de la octógona torre de la catedral, edificio, singular, independiente del templo y que arranca desde el exterior del muro de la fachada, sobre la plazuela misma. El templo es sin duda interesante en su interior, por algunos detalles artísticos muy bellos, y sobre todo por su asombrosa profusion de mármoles que cubren los muros. Pero el conjunto carece de gusto. Es un templo remendado, construido en el sitio de la gran mezquita, con una mezcla informe de obras góticas en la forma general y complementos del Renacimiento, como la cúpula; donde se ven las ogívas góticas mano á mano con las molduras y los dorados de orden compuesto, clamando á Dios unas y otros contra los incongruentes arquitectos. El templo es ademas muy sombrío, de modo que sus adornos interiores pierden por falta de luz gran parte de su valor.

Súbese á la plataforma de la pesada torre por 206 grades de piedra en espiral, y al hallarse en la altura se experimenta de repente una sensacion indefinible. La hermosura del paisaje que de allí se contempla sobrepuja á toda ponderacion, y el que por primera vez (como me sucedia) ve una ciudad como esa, tan esencialmente morisca en sus formas, encuentra poderosamente excitada su curiosidad de viajero.

El espectáculo era simultáneamente grandioso, poético y repugnante. Al tender la vista sobre la ciudad, en derredor, veia el país morisco; y abarcando todo el horizonte, la magnificencia del suelo español y las huellas de una lucha secular de civilizaciones distintas. En el centro de la ciudad lo pasado, la historia; al derredor la época moderna.

En efecto, la parte central es la morisca. Calles tortuosas, estrechísimas y en laberinto inescrutable, sucias y con detestable pavimento; casas de una irregularidad absoluta, monstruosas, negras, desmanteladas muchas, semejando verdaderos palomares, agrupadas á la ventura y como encaramadas unas sobre otras.