Para que se tenga idea de la inocencia de la excelente inglesa, que en realidad era un tipo, recordaré solo, entre muchas ocurrencias que tuvo hasta separarse de nosotros en Brusélas, estas dos singularidades: A bordo del vapor nos dijo que, como viajaba sola y en los viajes se solian encontrar hombres atrevidos con las señoras, se ponia bajo mi proteccion hasta que llegásemos á Brusélas. Así, la pudibunda hija de Albion no se daba por notificada de sus 65 años y sus venerables arrugas, puesto que les tenia miedo á los Lovelaces. Por la noche, al instalarnos en un hotel de Coblenza, la señora preguntó cuál era el número de su cuarto. Un criado le respondió en frances: Numéro cinq; pero nuestra insular, confundiendo el sonido de la palabra cinq con el de cent, se fué derecho al número 100, que en todos los hoteles es el distintivo característico de cierta localidad que no se puede nombrar. En el momento en que la señora quiso entrar á esa localidad, suponiendo encontrar allí su equipaje, salia un individuo alojado tambien en el hotel. Nuestra inocente señora dió un grito y se quedó pasmada; pero luego bajó las escaleras gritando que un monsieur se habia metido al cuarto de ella, cosa que naturalmente le parecia muy irregular. Averiguado el caso, la honestísima señora descubrió que en lo sucesivo no debia penetrar al número 100, y que tal localidad no podia servir para dormir ni hacer la toilette.

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Desde Mayenza hasta Bingen el aspecto del Rin no es muy interesante. Las riberas son planas, donde quiera pobladas de grupos de álamos y otros árboles, y matorrales de gramíneas, en la proximidad de las aguas. El rio lleva un curso perezoso y muy amplio, dividiéndose en numerosos brazos que abarcan islotes desiertos, llanos y enteramente verdes, que parecen pequeños bosques flotando á flor de agua. El vasto paisaje se compone de cinco términos ó decoraciones sucesivas. En el primero están el rio y sus orillas mismas; en el segundo, la línea de localidades y puertos, donde se ve un considerable movimiento de mercancías y trasportes, y la doble cinta que describen el ferrocarril y el camino carretero que giran de cada lado; en el tercero, interminables viñedos, monótonos y tristes por su regularidad, cubriendo extensos planos inclinados ó faldas de pequeñas colinas; en el cuarto, las lejanas montañas del Taunus, de tinta oscura, cubiertas de bosques de pinos, abetos y encinas; por último, el inmenso pabellon de un cielo de color azul pálido y vago, que parece reflejar las brumas de la vieja Alemania.

Antes de llegar á Bingen no es notable entre los objetos artificiales de las riberas, sino el castillo de Johannisberg, trepado sobre una alta colina y rodeado de su preciosa corte de viñedos, cuyo orígen se debe, según dicen, á la industria de dos frailes. Bien sabido es que el famoso vino que allí se produce no es regalado ó vendido por su opulento propietario, el duque de Metternich, sino para el consumo de soberanos y príncipes, ó de esos reyes de los cofres que se llaman banqueros, capaces de pagar á 27 ó 30 francos la botella del delicioso licor.

En Bingen, pequeña ciudad comerciante de 6,000 habitantes, situada sobre la márgen izquierda en la confluencia de un riachuelo, el Rin se estrecha violentamente por en medio de una garganta profunda de colinas rocallosas, en parte desoladas, y casi totalmente cubiertas de viñedos que trepan hácia las cimas en vastos anfiteatros de muros rústicos, cuyos escalones, sirviendo para contener la tierra vegetal y los sarmientos, que tienden á derrumbarse, forman el mas curioso conjunto de construcciones rurales que se puede ver en tamaña escala. Esas viñas, junto con el producto de los bosques opulentos de las montañas, constituyen la verdadera y mas preciada riqueza agrícola del Rin,—rio tan generoso por sus ondas como por los vinos que ofrece al soñador aleman para deleitarse con sus caprichosas fantasías.

Es en Bingen que comienza la extraordinaria region de las montañas vólcanicas, y donde el Rin adquiere ese carácter prodigiosamente romántico que lo hace provocar la curiosidad de todos los viajeros. Donde quiera se destacan, sobre colinas revueltas de lava petrificada, castillos estupendos de titánico aspecto,—Bastillas seculares de la feudalidad casi muerta en el mundo, pero todavía muy resistentes en Alemania; ó ruinas monstruosas y sombrías, pero imponentes aún,—osamentas destrozadas de diez generaciones de tiranos y bandidos nobles, petrificadas sobre el lecho volcánico que los propietarios escogieron en armonía con su terrible mision. No se puede contemplar esos escombros y esas moles todavía intactas, que han abrigado á tantos tiranuelos, sin estremecerse de horror al pensar en las tradiciones de iniquidad que allí se anidan, y en las duras pruebas por las cuales ha tenido que pasar, en su interminable peregrinacion de la civilizacion, ese Cristo de todos los siglos que se llama el PUEBLO…. Cuánto no ha debido pesar sobre las muchedumbres el yugo de hierro de esas generaciones de tiranos, cuando todavía hoy las ruinas de sus guaridas casi inespugnables tienen el poder de impresionar al viajero y llenarle, si no de admiracion, de un sentimiento de temor semejante al que se experimenta en presencia de la caverna de un tigre ó ante la mirada fascinadora del boa!…

El conjunto de los mil paisajes del Rin, desde Bingen hasta Coblenza, es generalmente triste y grandioso al mismo tiempo. Unas veces se ve aparecer de repente, á la vuelta de un recodo del rio, alguna ruina colosal y de formas extrañas, ó algun castillo feudal cuyo aspecto de ciudadela inexpugnable contrasta con el pálido color de los viñedos que cubren las faldas de las lomas; otras, se destaca la mole de algun peñasco formidable, severo, imponente, dominando un abismo y como amenazando precipitarse sobre el rio y cubrir gran parle de su estrecho cauce; ó se pronuncia un raudal que, violentando el movimiento de las ondas, parece querer cerrar el paso al navegante.

Pero tambien de trecho en trecho el paisaje pierde mucho de su romántica desolacion, animado por escenas locales ó fugitivas. Ya se pasa delante de una graciosa villa ó aldea, situada sobre la orilla misma del rio, al pié de una alta colina rocallosa coronada por un castillo, ó medio enclavada en el fondo de alguna garganta profunda y bajo la sombra de algun pequeño bosque de oscura tinta; ya se ve un pequeño pueblo medio empinado sobre una falda y literalmente rodeado de sarmientos, como un alegre Baco; ya en fin, se encuentra un enjambre de vapores y botes remolcados y de grandes balsas de maderas, que le dan al rio el aspecto mas pintoresco y variado.

En el trayecto del Rin de que voy hablando todo es interesante de algun modo: la estructura de las localidades es generalmente caprichosa y manifiesta mucha originalidad; cada uno de los 20 ó 25 castillos, intactos ó en escombros, que decoran las orillas, guarda las mas interesantes tradiciones de la Alemania rineana en su mayor parte, y las anécdotas y leyendas abundan en las descripciones de los anticuarios. Así, cuando se llega á Coblenza, ciudad que ha hecho tan gran papel en la política y la guerra, el viajero se siente bajo la influencia de mil diversas impresiones que le preparan el ánimo para saciar mas y mas su curiosidad.

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