En una escuela de barrio, de la que contaba él que no podía olvidarse, porque a su maestro le debía que sus orejas estuvieran más separadas de la cara que lo regular, aprendió las primeras letras. De allí salió a los nueve años para el colegio «San Anacleto», que en aquel entonces dirigía en esta capital el culto educador Rafael Sixto Casado. Y fue en este colegio donde comenzó a sobresalir, siendo el primero en las clases y el ganador de todos los premios; donde comenzó a mostrar que no era aire lo que traía en la cabeza sino pensamiento y acción. De esa niñez suya, estudiosa, contaba Fermín Valdés Domínguez y cuenta todavía el doctor Eduardo F. Plá, sus condiscípulos dichosos en las aulas felices, rasgos asombrosos de inteligencia y de carácter. Y fue de ese colegio de donde su padre, creyéndolo ya bastante ilustrado lo sacó para emplearlo de Escribiente en la Celaduría. Y acaso si se hubiera sepultado allí y se hubiera malogrado el grande hombre, si Francisco Arazoza, un buen amigo de don Mariano, a espaldas de este, no le hubiera dado dinero para matricularse en el Instituto de Segunda Enseñanza, y lo hubiera alentado para que siguiera en sus estudios. Estos los tuvo que abandonar, empero, meses después, hostigado por el autor de sus días que no estimaba necesario para desempeñar su empleo, ni para aspirar al de Celador, saber más de lo que él ya sabía. Sin embargo, el ansia de ilustrarse lo llevó más tarde, cuando solo contaba catorce primaveras, al plantel de educación, «San Pablo», colegio de Segunda Enseñanza que fundó y dirigió en aquel tiempo, el culto y valiente poeta Rafael María de Mendive. En él se ganó el cariño y la estimación de su Director y estrechó la amistad con Fermín Valdés Domínguez, quien le abrió su casa acomodada, le prestó sus libros y le colmó de sincero afecto. De los más dulces tiempos de su vida fueron esos: y del solaz de ellos, del gozo de ellos, vino a sacarlo, sacudiéndole las más recónditas fibras del corazón, el grito de independencia lanzado en Yara, en la madrugada heroica del 10 de octubre de 1868, por el varón ilustre, por el caudillo insigne, por Carlos Manuel de Céspedes. Días después redujeron a prisión, en el Castillo del Príncipe, a Rafael María de Mendive, más tarde deportado a Santander: y cuentan que Martí, ansioso de ver a su amado maestro, se fue al Gobierno, y sin más recomendación que su persona, consiguió un pase para poderlo visitar: y allí iba él diariamente, al calabozo del cubano prisionero, a llevarle el consuelo de su agradecimiento y su ternura. El toque de clarín de Yara, primero, haciendo vibrar su joven alma de patriota, la prisión de su viejo amigo, los sucesos de Villanueva, y otros desmanes y abusos cometidos por el Gobierno de España en Cuba, fueron seguramente los que fijaron en su mente la divina idea de libertad y la necesidad de conquistarla. Fue entonces como su despertar glorioso. Fue entonces acaso que se juró en secreto a ella y celebró sus bodas con la patria: fue entonces que recibió esa consagración del dolor que sublima el alma y señala cumbres desconocidas al pensamiento....

Cuando Mendive salió para España a cumplir condena, Martí, a quien la existencia se le quedó por esa causa como sin luz y sin guía y sin amparo, empleose, con el fin de ayudar a su padre, siempre gruñón y descontento de él, en el escritorio de don Cristóbal Madan, antiguo amigo del bardo desterrado. A su vez, Martí seguía sus estudios en el Instituto de Segunda Enseñanza. Y cuentan que en las horas que mediaban de clase a clase, se reunía un grupo de estudiantes para hablar de política: y que era siempre Martí, el que más hablaba y con más entusiasmo, de los problemas de la patria, y que daba gusto oír de sus labios infantiles, sentencias y frases hermosas, como de adulto hecho ya a manejar los tiempos y a crearlos: como de hombre hecho a clamar, a desatar batallas y a desplegar victorias.... En esa misma época, y como Domingo Dulce, Capitán General de la Isla, decretara la libertad de imprenta, comenzó Martí a publicar en compañía de Valdés Domínguez un periódico titulado El Diablo Cojuelo, al mismo tiempo que dirigía La Patria Libre, siendo este último el periódico donde publicó por vez primera su poema «Abdala», canto brioso y fulgurante de levantado espíritu patriótico. Para él fue un día de júbilo casi celestial, un día de esos en que el sol parece como que retoza en las almas, aquel en que vio publicado sus versos. Mas, poco le duró este contentamiento, pues cuando llegó a su casa mostrando su producción, los padres, que no estaban de acuerdo con esos juegos de la fantasía y viriles arranques de cubanismo, lo castigaron severamente. Otros han tenido los besos de los padres como el aplauso primero a sus demostraciones de hombría, de saber y de talento: Martí no; Martí no tuvo en el hogar más que áspera voz, seca riña, cruel amenaza, injusta reprensión de la mano como única recompensa a sus precoces anhelos de gloria y honores....

Y llegó el momento aciago en que había de sufrir el primer castigo, en que había de comenzar a descender la cuesta de la vida, por amar a su patria, ser hombre, y negarse al serrallo. Corría el año de 1869. Era el 4 de octubre. Acusados por unos voluntarios, Eusebio Valdés Domínguez, hermano de Fermín, Manuel Sellén y Atanasio Fortier, del enorme delito de haberse burlado de ellos al pasar de regreso de una gran parada, por la casa de la familia de Valdés Domínguez, vinieron, ya entrada la noche, a prenderlos. Con ese motivo efectuaron un registro en la casa ya citada, ansiosos, seguramente, aquellos forajidos, de hallar algo que sancionara la matanza. En el registro llevado a cabo, encontraron, entre otras cosas, una carta cuyo sobre estaba todavía sin cerrar, y que habían escrito y firmado Martí y Fermín Valdés Domínguez, para mandársela a un condiscípulo de ellos que había cometido la mala acción de apuntarse como oficial de un regimiento, siendo criollo, para ir a combatir a sus hermanos que en esos momentos bregaban y sangraban por conquistar para ellos y para todos, casa libre y justa. La breve carta, escrita por Martí, estaba redactada en estos términos: «Señor Carlos de Castro y de Castro: (así se llamaba el traidor) Compañero: ¿Has soñado tú alguna vez con la gloria de los apóstatas? ¿Sabes tú cómo se castigaba en la antigüedad la apostasía? Esperamos que un discípulo de Rafael María de Mendive, no dejará sin contestación esta carta». Este hecho determinó la prisión de Martí y de Fermín Valdés Domínguez, siendo ambos juzgados en consejo de guerra. Ante el Tribunal fueron llamados los dos. Valdés Domínguez, primero, declaró que él había sido el autor de la carta y de las dos firmas. Pero cuando Martí fue interrogado, jadeante y como si llevara en el pecho una montaña, se acercó a los jueces, y afirmó con enérgica y vibrante voz que él si era el único y verdadero autor de la carta citada. Y para corroborar de manera elocuente su aserto, formuló duros ataques contra la dominación española, su tiránica política y sus hombres nulos e infames. Este fue el primer discurso de Martí y la primera demostración pública de su talento y su carácter irreductibles. Hay hombres que vienen al mundo como los huracanes y las avalanchas, purificando y retumbando desde que nacen. Así Martí. Diez y seis años contaba entonces, «el bozo en flor y el pájaro en el alma» y España quiso matarlo. El Fiscal pidió para él la pena última y para Fermín Valdés Domínguez diez años de presidio. Pero el fallo fue: seis años de prisión para Martí y uno para su camarada de infortunios e ideales. Y Martí fue a presidio. Lo que allí sufrió él, lo dijo en páginas que todavía gotean sangre, en su folleto «El presidio político en Cuba» y en el que exclamaba: «Dante no estuvo en presidio. Si hubiera sentido desplomarse sobre su cerebro las bóvedas oscuras de aquel tormento de la vida, hubiera desistido de pintar su infierno. Lo hubiera copiado y lo hubiera pintado mejor. Si existiera el Dios providente, y lo hubiera visto, con una mano se habría cubierto el rostro y con la otra habría hecho rodar al abismo aquella negación de Dios». Y fue luego deportado a Isla de Pinos y más tarde enviado a España en calidad de deportado. Para ella embarcó el 15 de enero de 1871. Momentos antes de salir le escribía a su benefactor señor Mendive: «De aquí a dos horas embarco desterrado para España. Mucho he sufrido, pero tengo la convicción de que he sabido sufrir. Y si he tenido fuerzas para tanto, y si me siento con fuerzas para ser verdaderamente un hombre, solo a usted lo debo y de usted y solo de usted es cuanto de bueno y cariñoso tengo. Diga usted a Micaela que si he tenido muchas imprudencias, la bondad con que las disculpa me hace quererla más. Y a Paulina y a Pepe y a Alfredo, y a todos mi afecto. Muchísimos abrazos a Mario: y de usted toda el alma de su hijo y discípulo». Así escribía a su viejo amigo, poco antes de salir para el destierro, poco antes de abandonar su patria y su hogar y sus libros el mancebo estupendo que había de ser más tarde el Libertador de su pueblo, y el que le arrancara su última presa en América a la hambrienta monarquía española.

A España llegó Martí, apesadumbrado, pobre, comido de pesar el corazón. A causa del grillete que había llevado se le formó un tumor del cual lo operaran dos veces y las dos sin éxito. Primeramente vivió en Madrid del escaso producto de unas clases que daba a los niños de don Leandro Álvarez Torrijo y a los de la Viuda del General Ravenet. Vivía, como es de suponerse, miserablemente. Viviendo así se lo encontró, cuando fue deportado a España por los sucesos del 27 de noviembre de 1871, Fermín Valdés Domínguez, su amigo, o más bien, su hermano. Y como Valdés Domínguez llevaba en la bolsa, oro bastante, se instalaron juntos en amplias habitaciones, bien situadas. Y Martí comenzó una nueva existencia. Mejoró de salud, se le animaron los ojos tristes, y de nuevo emprendió sus estudios. En esa época y no obstante estudiar sin descanso, el tiempo no le faltaba para escribir folletos, para pronunciar discursos desde la tribuna de la logia «Armonía», para hacer versos, y para hablar con sus paisanos de las enfermedades de la patria y de sus curas posibles y necesarias. Una noche en que para tratar sobre el asesinato de los Estudiantes de Medicina, se reunieron los cubanos allí residentes, Martí habló: y recuerda uno que estuvo en aquella reunión memorable, que fue su discurso relampagueante, encendido, arrebatador; y recuerda también, que sucedió esa noche una cosa sobrenatural. Colgando de la pared, sobre la tribuna, había una mapa de Cuba, y cuando Martí, lleno del más tierno lirismo hacía una invocación a su patria llorosa y rodeada de cadenas, cuando la concurrencia, suspensa de su palabra, temblaba de emoción, el mapa cayó como una corona sobre su cabeza. ¡Fue como si su tierra toda entera, respondiera a su llama miento! Y cuando la proclamación de la República en España—golondrina fugaz como un suspiro—, Martí puso en manos de Estanislao Figueras, un largo escrito abogando por la independencia de Cuba. Y cuando los federales en sesión solemne celebrada en la Academia de jurisprudencia, quisieron hacer declarar a los cubanos de Madrid que se contentaban con la República federal española, Martí, allí presente, se opuso a ello, y en un debate que lo mantuvo en pie siete horas, echó por el suelo esos propósitos. Martí se opuso también a la creación en Madrid de un Casino Cubano. Por eso y por otros rasgos más, fue a sus pocos años, y en plena Corte de España, como el verbo y el alma de su pueblo atormentado y miserable....

Debido a que Fermín Valdés Domínguez enfermó gravemente y los médicos le recomendaron que cambiara de aires, pasaron Martí y él a Zaragoza en donde apenas llegados, se ganaron el afecto y la estimación de los hijos de aquel noble pedazo de España. Los insurrectos los llamaban en Aragón, pero los llamaban así, sin ira y sin odio. Martí en Zaragoza lo fue todo, el orador en las reuniones, el escritor en los periódicos, el poeta siempre. En una velada organizada para recoger fondos con que aliviar la miseria de las viudas y huérfanos de los bravos que sucumbieron por defender el honor que un rey criminal quiso asesinarles, Martí pronunció una oración bellísima, y el señor Leopoldo Burón recitó unos versos, también suyos, alusivos al acto. En Zaragoza obtuvo Martí, el grado de doctor en Derecho a título de suficiencia, y el de doctor en Filosofía y Letras, a pesar de la marcada oposición del claustro de aquella Universidad carlista. Así, a puro esfuerzo, entre flaquezas e impulsos, entre dentelladas y sonrisas, sin morder el mérito ajeno, caminando siempre del lado de los pobres, y sin andar de pedigüeño por entre bastidores y escaleras, se hizo hombre, ¡grande hombre!, el niño bondadoso del hogar infeliz, el sufrido presidiario de las canteras de Medina, el joven enfermizo y desterrado de la península ibera, nuestro José Martí....

Y con sus títulos de Abogado y doctor en Filosofía y Letras, dejó la nación hispana, en 1873, y se fue a visitar a París, Londres y otras importantes ciudades de Europa, siguiendo luego viaje a México, en donde le esperaban, ansiosos de abrazarlos, sus padres y hermanas. En México, tierra ancha y generosa en la que los cubanos han hallado siempre alegría y calor de propio hogar, lo recibieron con marcadas demostraciones de aprecio. A poco de estar Martí entre los mexicanos, era altamente conocido y admirado como periodista, profesor, dramaturgo, orador y poeta. Durante los cuatro años que en esa República permaneció, fue Director de La Revista Universal, la cual se escribía a veces desde el fondo hasta las gacetillas; conferencista en el Liceo Hidalgo y en otras Sociedades; autor dramático en los principales teatros. Los trabajadores de Chihuahua lo nombraron Diputado al Congreso de Obreros y el Gobierno lo colmó de atenciones a cada instante. Martí, sin el grande amor por su patria, hubiera sido en México, como en cualquier otro país, conductor de conciencias. Pero la estrella heráldica que lo llevó a morir entre el humo y el fragor de la metralla, le seguía como un lamento y como el grito de una madre: de ahí que ese hombre que pudo ser monte coronado de flores, viviera por mucho tiempo, errante y vagabundo, sin plantar su tienda, fija la mirada en la isla hermosa, donde no había justicia sin soborno, ni honor sin castigo, ni pan sin mancha.

En México, trémulo de femenil pasión y llena el alma como siempre, del ansia de morir a caballo, peleando por su país, escribió él, aquella composición suya, titulada «Patria y mujer»; composición que expresa bien, la grandeza de su alma, arrullada por suspiros de amor y agitada por gritos desesperados de deber. Lleno de ternura el corazón y poblada la mente de trágicas visiones, escribió sin duda esa valiente poesía de la que yo recuerdo estas estrofas:

«Otra vez en mi vida el importuno
suspiro del amor, cual si cupiera,
triste la patria, pensamiento alguno
que al patrio suelo en lágrimas no fuera.

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»Y ¿con qué corazón, mujer sencilla,
esperas tú que mi dolor te quiera?
Podrá encender tu beso mi mejilla,
pero lejos de aquí, mi alma me espera.