Otras pasiones inspiró Martí, a otras mujeres, pero acaso ninguna tan pura y tan hermosa como esa que inspiró a la niña de Guatemala, la de las manos de lirios y la frente purísima: luz y música hecha carne.... Y cuando de orden del señor Ministro de la Guerra se le quitó la dirección de la Escuela Normal de aquel país, a su amigo y paisano José María Izaguirre, renunció puestos y honores y vino a Cuba, ya firmada la paz del Zanjón, en 1878. La Habana lo recibió afectuosamente. Primero se puso a trabajar como abogado, aunque sin jurar su título, en los bufetes de don Nicolás Azcárate y Miguel Viondi, dándose luego a conocer de sus paisanos como orador, en notables discursos y conferencias pronunciadas en el Liceo de Guanabacoa, y en un brindis que hizo en un banquete celebrado en honor del genial periodista Adolfo Márquez Sterling. Cuatro fueron las veces que habló Martí en el Liceo de Guanabacoa. La primera sobre el realismo en el Arte; la segunda sobre su amigo, el poeta Alfredo Torroella, en que arrancó lágrimas; la tercera sobre los dramas de don José Echegaray, y la cuarta, sobre el insigne violinista Díaz Albertini. A esta última asistió el General Blanco, Capitán General de la Isla entonces, y notables personalidades cubanas y peninsulares. Y dice Miguel Viondi que Martí habló de tal manera, de patria y libertad, que el General Blanco se retiró de la fiesta diciendo al señor Azcárate: «quiero no recordar lo que yo he oído y que no concebí nunca se dijera delante de mí, representante del Gobierno Español: voy a pensar que Martí es un loco...». Y añadió: «pero un loco peligroso». A pesar del trabajo excesivo y de su dedicación a la literatura, Martí no dejó un día de conspirar desde que llegó a La Habana. Su casa era un centro de conspiración y un templo de arte: allí se reunían tan pronto, hombres de armas y acción, para hablar de guerra, como se reunían hombres de saber y pensamiento para hablar de «suspiros y risas, colores y notas». Más tarde, el mismo general Blanco, creyéndolo—como era la verdad—complicado en aquel conato de revolución de 1879, le pidió que hiciera pública protesta de adhesión al Gobierno de España, a lo que él indignado contestó: «Martí no es de la raza de los vendibles». Y fue nuevamente deportado a España, de donde se fugó al poco tiempo, pasando a París y de allí a New York, lugar en que siguió conspirando, conspiración que culminó con aquel desembarco en Cuba de Calixto García, el glorioso General de la frente horadada. Y cuando él vio el fracaso de aquella intentona y palpó la dolorosa realidad, se fue a Caracas, la ciudad de Bolívar, y allí agrupó en torno suyo numerosos admiradores y amigos. En Caracas dio clases de oratoria a una juventud valiosa. Varias veces a la semana y por espacio de dos horas, vibró su voz elocuente en mitad de sus alumnos que lo escuchaban maravillados. Y consignó uno de aquellos, que «en una de las sesiones oratorias, le sirvió de tema el pueblo de Israel, y con lenguaje expresivo y sublime enarró las maravillas de aquel pueblo excepcional»: que no era posible decir cosas más hermosas y poéticas, pero «que cuando el orador se consideró en la cumbre del monte Nebo y presentó al pueblo israelita y a Moisés contemplando la tierra prometida, su elocuencia fue nueva, sorprendente, y lo sublime parecía poco ante aquel espíritu transfigurado por el pudor cuasi divino de las ideas». Fue en Venezuela que dijo, hablando de la independencia de América: «El poema de 1810 está incompleto y yo quise escribir su última estrofa». Luego Martí, no pudiendo amoldarse a las exigencias del Gobierno de aquella República, del cual era entonces Presidente el general Guzmán Blanco, salió de allí, despidiéndose en una carta bellísima de los venezolanos que amó. A esa carta pertenece este párrafo: «Muy hidalgos corazones he sentido latir en esta tierra; vehementemente pago sus cariños; sus goces, me serán recreo; sus esperanzas plácemes; sus penas, angustias; cuando se tienen los ojos fijos en lo alto, ni zarzas ni guijarros distraen al viajero en su camino: los ideales enérgicos y las consagraciones fervientes no se merman en un ánimo sincero por las contrariedades de la vida. De América soy hijo: a ella me debo. Y de la América, a cuya revelación, sacudimiento y fundación urgente me consagro, esta es la cuna; ni hay para labios dulces copa amarga ni el áspid muerde en pechos varoniles; ni de su cuna reniegan sus hijos fieles. Deme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mí un hijo». De Venezuela pasó, de nuevo, llena el alma de tristezas y emociones viriles, a la Babel moderna de los rubios mocetones y las nevadas inclementes: a New York, a esa ciudad de las ansias, de las regatas, de los afanes, de las prisas, a ese horno colosal donde se sazona el egoísmo y se pierden entre espirales de humo y ruidos de maquinarias, los besos y las lágrimas....
Triste, apesadumbrado, como un náufrago que después de clamar en vano en la noche vacía y negra, arriba a playa desconocida, así llegó Martí nuevamente a New York. Pero tuvo un consuelo, una medicina que de los más graves males cura al hombre: las ternuras y cuida dos de su esposa que allí lo esperaba y los besos de su amado chiquitín, el hoy coronel de nuestro Ejército. Sacudió sus lágrimas calladas, escondió sus penas hondas, y comenzó a trabajar en la tierra hostil y ajena. El conocer a los hombres, tanto como los conocía, lo hizo superior a todas las pasiones: de ahí que pudo, entre gentes que miden, que desdeñan, que empujan, que desprecian, que viven con el apetito desmesuradamente abierto, pasear su amable cultura y oceánica bondad, y sacar a puerto y con honra, su divina existencia. Veamos cómo se abrió paso en el pueblo áspero y extraño. No era él de los soberbios que se impacientan porque no le conocen el talento, aprisa, ni de los pobres de espíritu que porque los visite el dolor, languidecen y desmayan o se despedazan el cráneo; sino de los de enérgica voluntad y firme intento: de los que vencen. Las alturas se han hecho para subirlas: en lo más elevado de ellas, crece, casi siempre, el laurel que da sombra a toda la vida. Él lo sabía, y se sentía con la fuerza inquieta y seductora de los que poseen la capacidad de mirar desde lo alto. Martí fue en New York, y en el período de diez años, dependiente de una casa de comercio en la cual llevaba los libros de contabilidad y contestaba la correspondencia; redactor de El Sun, el gran diario americano; corresponsal de varios periódicos de la América Latina, para los cuales escribía kilométricas epístolas, verdaderos estudios filosóficos y literarios de asuntos y hombres de los Estados Unidos; traductor de la casa editora «Appleton»; redactor de La América, y el Economista Americano, Director de La Edad de Oro, revista exclusivamente para niños, a los que amaba entrañablemente; profesor en «La Liga», la Sociedad de los necesitados de cariño y hambrientos de sabiduría; representante de tres naciones, Uruguay, Paraguay y la Argentina, en la gran plaza norteamericana; y alma en pie siempre, para responder a todo llamamiento cubano, bien fuera para remediar miserias o para mitigar dolores. Jamás pasó una fiesta del patriotismo, de recordación gloriosa, sin que él tomara parte. Año tras año, cada diez de octubre, aniversario glorioso de aquel día sublime, Martí dejaba oír su pintoresco, brillante y enérgico lenguaje, «flores tristes y lanzas enlutadas» que él depositaba a los pies de los héroes muertos. En el sudor y la fatiga del trabajo vivía, pero consagrado a Cuba, a desenterrar su epopeya de luz y a añadirle y hacerla entender, a los que parecían no querer entenderla: y a la América nuestra entera, a su América enferma. En 1883, invitado para tomar parte en la grandiosa fiesta con que los representantes de las Repúblicas latinoamericanas, en New York, habían de conmemorar el Centenario del nacimiento de Bolívar, Martí asistió a ella, y habló y derramó a raudales, en legiones de primorosas frases, los productos de su genio. Y terminó con estas palabras: «¡Brindo por los pueblos libres y por los pueblos tristes!» ¡Siempre pensando en Cuba! En la «Sociedad Literaria Hispano Americana», de la cual era Presidente, el alma toda, fueron innumerables las veces que hizo Martí resonar su palabra portentosa. Allí Martí habló sobre México, sobre Centro América, sobre Venezuela, sobre Bolívar. Hablando de Bolívar dijo, entre otras muchas cosas grandilocuentes: «¡Oh no! En calma no se puede hablar de aquel que no vivió jamás en ella: ¡de Bolívar se puede hablar con una montaña por tribuna, o entre relámpagos y rayos, o con un manojo de pueblos libres en el puño y la tiranía descabezada a los pies!». Sobre Espadero habló, el de «El Canto del Esclavo», «el que aprisionó en sus notas, como en red de cristal fino, los espíritus dolientes, que velan y demandan desde el éter fulguroso y trémulo del cielo americano»; sobre Heredia, nuestro gran Heredia: y donde al hablar de ese divino poeta, tuvo un arranque de patriótico ardimiento en que exclamó: «Si entre los cubanos vivos no hay tropa bastante para el honor ¿qué hacen en la playa los caracoles que no llaman a guerra a los indios muertos? ¿Qué hacen las palmas que gimen estériles en vez de mandar? ¿Qué hacen los montes que no se juntan faldas contra faldas, y cierran el paso a los que persiguen, a los héroes?». Y siempre, y en todos los casos, la patria salía por sus labios a relucir, altiva y llorosa, como una tórtola gemidora que abrigara un cóndor bravío....
Pero injustos o malvados—que siempre ha de haber injustos o malvados cerca de todo grande hombre—, lo tacharon una vez de mal cubano, en 1885, cuando él se opuso a los trabajos emprendidos por algunos jefes de la revolución del 68 para llevar una guerra nueva a Cuba, por creerla incompleta y parcial, y por estimar que con ella solo se lograría alarmar y ensangrentar inútilmente el país, en vez de asegurarle su entusiasmo y confianza para cuando se pudiera llevar a la isla la guerra pujante, digna y definitiva. De una carta en que hacía referencia a su oposición a ese movimiento revolucionario y al silencio en que se mantuvo por un espacio de tiempo, es este párrafo: «Crear una rebelión de palabras en momentos en que todo silencio sería poco para la acción, y toda la acción es poca, ni me hubiera parecido digno de mí, ni mi pueblo sensato lo hubiera soportado. Ya yo me preparaba a emprender camino ¡quién sabe a qué y hasta dónde!, en servicio activo de una empresa, y cuando creí que el patriotismo me vedaba emprenderlo, ¡qué tristeza, qué tristeza moral de la que nunca podré ya reponerme! ¿Cómo serviré yo mejor a mi tierra? me pregunte: Yo jamás me pregunto otra cosa; y me respondí de esta manera: Ahogando todos tus ímpetus; sacrifica las esperanzas de toda tu vida; hazte a un lado en esta hora posible del triunfo, antes de autorizar lo que creas funesto; mantente atado, en esta hora de obrar, antes de obrar mal, antes de servir mal a tu tierra so pretexto de servirla bien. Y sin oponerme a los planes de nadie, ni levantar yo planes por mí mismo, me he quedado en el silencio, significando con él que no se debe poner mano sobre la paz y la vida de un pueblo sino con un espíritu de generosidad, casi divino, en que los que se sacrifican por él, garanticen de antemano, con actos y palabras, el explícito intento de poner la tierra que se liberta en manos de sus hijos, en vez de poner como harán los malvados, sus propias manos, en ella, so capa de triunfadores. La independencia de un pueblo consiste en el respeto que los deberes públicos demuestre a cada uno de sus hijos. En la hora de la victoria solo fructifican las semillas que se siembran en la hora de la guerra. Un pueblo antes de ser llamado a guerra tiene que saber tras de qué va, y adónde va, y qué le ha de venir después. Tan ultrajados hemos vivido los cubanos, que en mí es locura el deseo, y roca la determinación de ver guiadas las cosas de mi tierra de manera que se respete como a persona sagrada la persona de cada cubano, y se reconozca que en las cosas del país no hay más voluntad que la que exprese el país, ni ha de pensarse en más interés que en el suyo». Una noche de conmemoración gloriosa, en ese tiempo, al ir a ocupar Martí la tribuna, el auditorio pidió con marcadas muestras de hostilidad, que hablara otro antes que él, otro que era patriota. Y Martí tomó asiento y escuchó tranquilo, de labios pálidos de cólera, alusiones injustas; y cuando fue a la tribuna él, y el público esperaba que se desatara en denuestos, que vaciara su ira sobre cuantos le eran contrarios, fueron sus palabras como voces de perdón. Sus palabras llevaban el desquite: parecía como si con un manojo de lirios azotara las frentes de los pecadores: sus anatemas eran alfileres con alas.... Esa noche triunfó y ya más nunca dejó de ser el triunfador. En todo demostraba Martí las extraordinarias condiciones que lo sacaron por encima de los demás hombres... ¿No lo dijo él? «Si los hombres nutren con sus manos prácticas lo que tienen de fieras, yo haré con las mías por nutrirles lo que tienen de palomas». Y así era, ministerio purísimo de amor y de ternura, brazos de par en par abiertos para todos los hombres....
Fue en ese tiempo, durante esos años, que Martí mostró con más pujanza la largueza de sus conocimientos y la infinita anchura de su genio. Filósofo, poeta, economista, diplomático, políglota, periodista, orador, legista, estadista, de todo se mostró Martí entonces, en aquel hervidero de pasiones e intereses. Allí se le veía tan pronto en la tribuna, predicando, como se le veía en el periódico, en el informe, en la revista literaria, en la traducción, en el libro de versos. Allí publicó él su Ismaelillo, un primoroso y pequeño volumen de composiciones breves; en las que su alma de padre, salta y brinca y chispea, entre los cabellos rubios y los pies ligeros de su hijo. Y también Versos sencillos, en el que cada estrofa, responde a un estado de espíritu, y en el que como él decía: «a veces ruge el mar, y revienta la ola, en la noche negra, contra la roca del castillo ensangrentado; y a veces susurra la abeja, merodeando entre las flores».
De Ismaelillo es este primoroso juguete:
Sé de brazos robustos,
blandos, fragantes;
y sé que cuando envuelven
el cuello frágil,
mi cuerpo, como rosa
besada, se abre,
y en su propio perfume
lánguido exhálase.
Ricas en sangre nueva
las sienes laten;
mueven las rojas plumas
internas aves;
sobre la piel, curtida
de humanos aires,
mariposas inquietas
sus alas baten;
¡savia de rosa enciende
las muertas carnes!
Y yo doy los redondos
brazos fragantes,
por dos brazos menudos
que halarme saben,
y a mi pálido cuello
recios colgarse,
y de místicos lirios
collar labrarme.
¡Lejos de mí por siempre
brazos fragantes!
Y este otro:
Por las mañanas
mi pequeñuelo
me despertaba
con un gran beso.