—Señorita Sol, ¿qué me le ha hecho a mi Lucía? ¿Por qué no sales a recibirme? ¿para castigarme porque por verte hoy he andado veintidós leguas en mula?

A Lucía se le veían temblar los labios imperceptiblemente, y como crecer los ojos. Su mano se sacudía entre las de Juan, que la miraba con asombro.

Sol hacía como que sobre una mesita un poco alejada arreglaba las flores de un vaso.

—Lucía, ¿qué tienes?

—¡Sol, Lucía, vengan!—dijo acercándose a ellas una de sus amigas que salía del cuarto de Ana precipitadamente—. Ah, Juan, que bueno que esté aquí. Ve, Lucía, ve, yo creo que Ana se muere.

—¡Ana!

—Sí, mande enseguida por el médico.

Saltó Juan en la mula, y echó a escape. Sol ya estaba al lado de Ana, Lucía miró muy despacio a la puerta de la calle, miró con ira a aquella por donde había entrado Sol, y se quedó unos momentos de pie, sola en el patio, los dos brazos caídos, y apretados a los costados, fijos los ojos delante de sí tenazmente. Y echó a andar hacia el cuarto de Ana después de haber mirado a su alrededor a todos los lados, como si temiese.


¡Al campo! ¡al campo! Todos van al campo. Todos, sí, todos. Adela y Pedro Real, Lucía y Juan, y Ana y Sol. Y, por supuesto, las personas mayores que por no influir directamente en los sucesos de esta narración no figuran en ella. ¡Al campo todos!