La verdad, una vez despierta, no vuelve a dormirse.

El espíritu, más vasto que el mar, ni se seca ni se evapora, ni cesa de querer, ni ceja en lo que quiere; y puesto a la conquista de un derecho, mina, como la ola salada del mar mina las rocas, esos derechos de convención fortalecidos por los siglos, y acorazados por pechos que el amor al lujo y el desentendimiento criminal de los dolores ajenos petrifica.

Todos los árboles de la tierra se concentrarán al cabo en uno, que dará en lo eterno suavísimo aroma: ¡el árbol del amor—de tan robustas y copiosas ramas, que a su sombra se cobijarán sonrientes y en paz todos los hombres!

Otro manda, y nosotros andamos.

Cuando una fruta se corrompe, hay que dejarla corromper de un todo, para que con sus acres residuos abone la tierra y salga de ella fruta sana y nueva.

Los pueblos son masas enormes, que de sí propios se mueven, brillan como relámpagos, despréndense como avalancha, desátanse e incendian como el rayo, y cuando dejan caer el alma a sus pies, mientras que arteros envenenadores les llevan a los labios copas henchidas de mieles letárgicas, y joyeros complacientes les llenan el cuerpo femenil de joyas, y descuidadas mozas los coronan de flores, y laxan con besos, ¡pesan, ay! los pueblos, como rocas, o como cadáveres.

Como cuerpos que ruedan por un plano inclinado, así las ideas justas, por sobre todo obstáculo y valla, llegan a logro.

Una idea justa que aparece, vence.

La herencia estimula a la holganza, al egoísmo y al vicio.