—A la mesa, que ya está la comida—dijo el gigante;—y a ver si haces lo que hago yo, que me voy a comer todo este buey, y te voy a comer a ti de postres.
—Está bien, amigo—dijo Meñique. Pero antes de sentarse se metió debajo de la chaqueta la boca de su gran saco de cuero, que le llegaba del pescuezo a los pies.
Y el gigante comía y comía, y Meñique no se quedaba atrás, sólo que no echaba en la boca las coles, y las zanahorias, y los nabos, y los pedazos del buey, sino en el gran saco de cuero.
—¡Uf! ¡ya no puedo comer más!—dijo el gigante;—tengo que sacarme un botón del chaleco.
—Pues mírame a mí, gigante infeliz—dijo Meñique, y se echó una col entera en el saco.
—¡Uha!—dijo el gigante;—tengo que sacarme otro botón. ¡Qué estómago de avestruz tiene este hombrecito! Bien se ve que estás hecho a comer piedras.
—Anda, perezoso—dijo Meñique,—come como yo—y se echó en el saco un gran trozo de buey.
—¡Paff!—dijo el gigante,—se me saltó el tercer botón: ya no me cabe un chícharo: ¿cómo te va a ti, hechicero?
—¿A mí?—dijo Meñique;—no hay cosa más fácil que hacer un poco de lugar.
Y se abrió con el cuchillo de arriba abajo la chaqueta y el gran saco de cuero.