Caminando, caminando, llegaron a un pinar muy espeso que cubría todo un monte, y oyeron un ruido grande, como de un hacha, y de árboles que caían allá en lo más alto.
—Yo quisiera saber por qué andan allá arriba cortando leña—dijo Meñique.
—Todo lo quiere saber el que no sabe nada—dijo Pablo, medio gruñendo.
—Parece que este muñeco no ha oído nunca cortar leña—dijo Pedro, torciéndole el cachete a Meñique de un buen pellizco.
—Yo voy a ver lo que hacen allá arriba—dijo Meñique.
—Anda, ridículo, que ya bajarás bien cansado, por no creer lo que te dicen tus hermanos mayores.
Y de ramas en piedras, gateando y saltando, subió Meñique por donde venía el sonido. Y ¿qué encontró Meñique en lo alto del monte? Pues un hacha encantada, que cortaba sola, y estaba echando abajo un pino muy recio.
—Buenos días, señora hacha—dijo Meñique;—¿no está cansada de cortar tan solita ese árbol tan viejo?
—Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti—respondió el hacha.
—Pues aquí me tiene—dijo Meñique.