—Si esta noche no está aquí el pájaro, mandarín, sobre las cabezas de los mandarines he de pasear esta noche.
—¡Tsing-pé! ¡Tsing-pé!—salió diciendo el mandarín mayor, que iba dando vueltas, con los brazos abiertos, escaleras abajo. Y los mandarines todos se echaron a buscar al pájaro, para que no pasease a la noche sobre sus cabezas el emperador. Hasta que fueron a la cocina del palacio, donde estaban guisando pescado en salsa dulce, e inflando bollos de maíz, y pintando letras coloradas en los pasteles de carne: y allí les dijo una cocinerita, de color de aceituna y de ojos de almendra, que ella conocía el pájaro muy bien, porque de noche iba por el camino del bosque a llevar las sobras de la mesa a su madre que vivía junto al mar, y cuando se cansaba al volver, debajo del árbol del ruiseñor descansaba, y era como si le conversasen las estrellas cuando cantaba el ruiseñor, y como si su madre le estuviera dando un beso.
—¡Oh, virgen china!—le dijo el mandarín:—¡digna y piadosa virgen!: en la cocina tendrás siempre empleo, y te concederé el privilegio de ver comer al emperador, si me llevas adonde el ruiseñor canta en el árbol, porque lo tengo que traer a palacio esta noche.
Y detrás de la cocinerita se pusieron a correr los mandarines, con las túnicas de seda cogidas por delante, y la cola del pelo bailándoles por la espalda: y se les iban cayendo los sombreros picudos. Bramó una vaca, y dijo un mandarincito joven:—«¡Oh, qué robusta voz! ¡qué pájaro magnífico!»—«Es una vaca que brama»,—dijo la cocinerita. Graznó una rana, y dijo el mandarincito:—«¡Oh, qué hermosa canción, que suena como las campanillas!»—«Es una rana que grazna», dijo la cocinerita. Y entonces rompió a cantar de veras el ruiseñor.
—¡Ese, ése es!—dijo la cocinerita, y les enseñó un pajarito, que cantaba en una rama.
—¡Ese!—dijo el mandarín mayor:—nunca creí que fuera una persona tan diminuta y sencilla: ¡nunca lo creí! O será, mandarines amigos ¡sí, debe ser! que al verse por primera vez frente a nosotros los mandarines, ha cambiado de color.
—¡Lindo ruiseñor!—decía la cocinerita:—el emperador desea oírte cantar esta noche.
—Y yo quiero cantar—le contestó el ruiseñor, soltando al aire un ramillete de arpegios.
—¡Suena como las campanillas, como las campanillas de plata!—dijo el mandarincito.
—¡Lindo ruiseñor! a palacio tienes que venir, porque en palacio es donde está el emperador.