—La luna está en creciente.

—El día 17—observa otro—será la luna llena.

—A ver si llueve antes de la vendimia—replica un tercero—y la uva reverdece.

Y todos vuelven a callar.

Cierra la noche; un viento ligero mece las palmeras que destacan en el cielo fuliginoso. Un viejo mira hacia Poniente. Este viejo está completamente afeitado, como todos; sus ojuelos son grises, blandos; en su cara afilada, los labios aparecen sumidos y le prestan un gesto de bondad picaresca. Este viejo es el más viejo de todos; cuando camina agachado sobre su palo lleva la mano izquierda puesta sobre la espalda. Mira hacia Poniente y dice:

—El año 60 hizo un viento grande que derribó una palmera.

—Yo la vi—contesta otro—; cayó sobre la pared del huerto y abrió un boquete.

—Era una palmera muy alta.

—Sí, era una palmera muy alta.

Se hace otra larga pausa. Los murciélagos revuelan calladamente; brillan las luces en el pueblo. Entonces el viejo más viejo da dos golpes en el suelo con el cayado, y se levanta.