—En Bargas—les pregunto yo—, ¿no hay más que ustedes que se dediquen a la venta en Madrid de las rosquillas?
Y ellas me contestan que hay más; están la Daniela y la Plantá; pero estas dos negociantes no marchan a Madrid en ferrocarril: van por la carretera. Emplean en ir dos días y otros dos en volver. Llevan un borriquillo. Y, como es natural, han de hacer en Madrid gastos de alojamiento y pienso.
—Entonces—observo yo filosóficamente—, ¿no les tendrá casi cuenta ir a Madrid?
—Claro—replica una de las viejas—, como que en la posada y el borrico se lo dejan todo.
Y la otra, bajando la voz e inclinándose hacia mí, añade confidencialmente:
—Pero hacen muy mal el género; ponen en los bollos poco aceite y mucha clara, y al respective del azúcar, lo merman todo lo que pueden...
Continúa la campiña paniega, verde a trechos, a trechos negruzca. La tierra se dilata en ondulaciones suaves de alcores y recuestos. En Villaluenga asalta el coche un tropel de fornidos mozos rasurados, mofletudos, en mangas de camisa.
—¡Una perrilla para los quintos de Villaluenga!—gritan, y alargan una gorra ante los viajeros. Le piden también a las viejas; pero éstas se niegan a dar nada.
—Yo también—dice una de ellas—tengo un hijo quinto.
—¡Pues que tenga buena mano!—exclama uno de los mozos.