—No hay más que una.
Yo finjo que me asombro.
—¿Cómo? ¿No hay más que una fuente en Infantes?
Y él me mira como reprendiéndome el que haya dudado de su palabra de castellano viejo.
—Una nada más—insiste firmemente.—Y después añade con tristeza:
—Una y mala; ¡que si fuera buena...!
Llegamos a la fuente. No es fuente. Es decir, la fuente está un poco más hallá, en la plaza de las dos iglesias ruinosas y del palacio desplomado; pero como apenas surte agua por sus caños, porque los atanores están embrozados, se ha hecho una sangría en ellos más cerca al nacimiento, y a ella vienen a llenar sus vasijas los buenos viejos. El agua cae en una fosa cavada en tierra; luego desborda y se aleja por las calles abajo formando charcos y remansos de légamo verdoso... En el siglo xvi había en Infantes tres fuentes: la de la Moraleja, la de la Muela y esta otra de la ancha plaza. Los caserones solariegos están abandonados; las iglesias se han venido a tierra, y las fuentes, en esta decadencia abrumadora, se han cegado y han desaparecido...
El viejo llena sus cántaros en el menguado caño.
—¿A cómo venden ustedes el agua?—le pregunto.
—A patacón la carga—me contesta.