Fácil nos será deducir de los anteriores datos las dos siguientes conclusiones, una de interés local y otra generalizada á todo el Ejército y que ambas revisten importancia suma. En primer lugar se demuestra de un modo irrefutable el abandono en que se tiene el emplazamiento de algunos importantes destacamentos, en los que no se cuenta con obras de defensa que garanticen la seguridad de las tropas, careciendo en absoluto de alojamientos y dejando en el mayor abandono cuantos trabajos se refieren á la salubridad de estos mismos emplazamientos, donde insignificantes obras de drenaje é inteligente dirección en el relleno y desecación de manglares, evitarían una gran parte de esas infecciosas calenturas palúdicas que causan en las filas del Ejército mayores estragos que la fiera morisma con que allí combate.

En cuanto á la más importante de estas conclusiones, la que se refiere al núcleo total de fuerzas que constituyen aquel Ejército, exige la siguiente comparación. La extensión total del Archipiélago excede de 300.000 kilómetros cuadrados; la población se aproxima á 8.000.000 y el fraccionamiento del territorio en infinito número de islas exige crecidas fuerzas de mar y tierra que garanticen su posesión y mantengan en el interior la tranquilidad pública; y se comprenderá fácilmente que ésto es difícil conseguir con los 11.000 hombres que en Filipinas constituyen el elemento armado, si tenemos en cuenta que la isla de Mindanao necesita durante largo tiempo una guarnición de 4.000 hombres de Ejército cuando menos. Si á esta suma agregamos los refuerzos necesarios en las operaciones emprendidas, que no han de bajar de 3.000 hombres, quedarán plenamente justificados los recelos abrigados por nosotros de que el Ejército filipino resulte insuficiente para garantir en tan lejanas latitudes los sagrados intereses encomendados á su custodia.

De antiguo venimos demostrando especial solicitud por cuanto afecta á nuestros intereses en la Oceanía, y nadie por tanto podrá tacharnos de interesados si recordamos con insistencia á los poderes públicos la imperiosa necesidad de que el Ejército filipino sea considerablemente reforzado en plazo perentorio.

Y no faltan, hoy, por cierto, razones poderosas que abonen sobradamente nuestra campaña. El rápido florecimiento del Imperio japonés, tan próximo á aquel Archipiélago: la indudable preponderancia que sus victorias sobre la China han de proporcionarle en los mares del extremo oriente y su poderosa actividad comercial, son un peligro evidente para nuestra influencia y soberanía en tan remotas comarcas, para conjurar el cual debemos estar prevenidos.

Los Gobiernos españoles han de poner interés preferentísimo en alejar tales riesgos, y sólo de ese modo evitarán unos de esos movimientos de la opinión que una vez iniciados arrastran la voluntad y la acción de los poderes públicos. Estos deben tener muy presente que la isla de Formosa, que geográficamente constituye el extremo N. del Archipiélago filipino, será ocupada en breve plazo por los japoneses, quienes poseerán entonces una parte de nuestra antigua Hacienda, cuya ocupación efectiva para España se realizó el año 1626, y ya no serán, desde que tal logren, vecinos lejanos, de los cuales sólo pueda temerse remoto peligro, sino celosos vigilantes de tradición conquistadora que, arma al brazo, esperarán ocasión propicia para continuar en su empresa.

Al hablar como hablamos no nos guía interés egoísta alguno; sentimos zozobras para lo porvenir, motivadas por los alardes de fuerza y expansión de aquel Imperio, y queremos que la nación española esté, cual nosotros estamos, en guardia y sobre aviso.

Así, pues, si bien es verdad que el Ejército filipino, tal y como hoy está constituído, sería bastante para hacer frente á las eventualidades que puedan presentarse en Mindanao, no es menos cierto que para realizar ésto sería necesario dejar desguarnecidas las más importantes plazas del Archipiélago y sin garantías la seguridad pública, cosas ambas que no sería de cuerdos el fiar al azar en las presentes circunstancias.

En tal sentido y en el del mejoramiento del Ejército de aquel Archipiélago, encaminamos hoy nuestro humilde esfuerzo, seguros de que al hacerlo así pagamos merecido tributo á la justicia y á la razón, á la vez que cumplimos un altísimo deber para con la Patria, anhelando que en día no lejano el himno nacional repercuta unísono desde el vigilante promontorio de Punta de Europa á las lejanas provincias de Oceanía, donde hoy nuestros hermanos derraman su sangre generosa para sostener en todo su esplendor el prestigio de las armas españolas.


[1] El tael pesa próximamente 1¼ onzas.