En el desarrollo de los graves acontecimientos que se suceden en Mindanao y en previsión de futuras contingencias, deben tener presente los Gobiernos y la prensa, que viene á ser quien más ilustra la opinión, que no es sólo en el N. de Africa donde se ofrece un gran porvenir á los intereses sagrados de la Patria. También en el extremo Sur de las Filipinas, los ricos terrenos de Mindanao, con su fertilidad asombrosa y la riqueza de sus productos, brindan ancho campo á la actividad de nuestra raza y á la expansión comercial de que tan necesitado está nuestro país, falto hoy de mercados para sus productos.

La riqueza de Mindanao maravilla á cuantos la conocen profundamente. Entre Misamis y Surigao y en los terrenos de Iponan, Pigtao y Puiholugan, pueblos cristianos de la costa N., inmensa extensión de terrenos auríferos, superiores en riqueza á los de Australia, ofrecen á la industria minera fabulosas ganancias.

Zamboanga, Lanao y los territorios del seno de Davao, producen, á pesar de la deficiencia del cultivo, cafés riquísimos que alcanzan elevada cotización.

Los ríos Butuan, Grande, Dumanquilas, Cagayan y otros menos importantes, son excelentes vías, de valor inapreciable para el desarrollo del tráfico comercial. Y si es verdad que la climatología insalubre en las selvas vírgenes y fangosos carrizales de los terrenos bajos ocasionan mortíferas emanaciones palúdicas, en cambio la gentil Zamboanga indemniza sobradamente de todas esas desventajas.

Los habitantes de esta encantadora población tienen sangre hispana y son generosos y hospitalarios. Admírase allí una riquísima floresta que por todas partes brota, convirtiendo aquella comarca en vergel delicioso que compite en hermosura con los cármenes granadinos. Zamboanga, donde el Polombato, á semejanza del Darro, baña á la sultana de Filipinas, interrumpiendo con el suave murmullo de sus ondas deliciosa y enervante quietud tropical, ofrece con su purísimo y sano ambiente y con sus cristalinas aguas, que la zarzaparrilla purifica, savia regeneradora á la sangre anémica del peninsular, que vive en Joló, Tawi-Tawi y en los destacamentos militares de Mindanao, siempre prontos á dar su vida por el honor del Ejército y por el engrandecimiento nacional.

Si, como es de esperar, los intereses de la Patria, que en toda época y lugar deben estar muy por encima de las conveniencias particulares, han de merecer la protección que su importancia exige, debe tenerse muy en cuenta que no es sólo lucha de conquista por las armas la que allí debe seguirse.

El fanatismo religioso de los mahometanos aconseja que á la ocupación militar no siga en Malanao una intransigencia religiosa, que sólo daría por resultado mantener latente el odio de aquellas gentes y fomentar la despoblación en época no lejana de comarcas, ricas hoy por sus florecientes cultivos y la bondad de sus productos.

Debe evitarse á todo trance que los 300.000 malayo-mahometanos de Mindanao vayan á engrosar la población de Borneo, como ocurría el año 84 en Joló, desde donde, en vapores ingleses, subvencionados con fondos de aquel Gobierno militar para otros fines, miles y miles de familias abandonaron sus hogares, para caer en Sandacan bajo el poder despótico ó esclavitud encubierta de las Compañías inglesas que explotan aquellos territorios.

Para evitar ésto, necesítase que no sean sólo los temperamentos de fuerza los que se empleen en la conquista de Lanao; es necesario también que se fije la atención en el problema político que envuelve la sumisión de aquellas gentes, y que, por algún tiempo, debe evitarse en absoluto la intrusión de las órdenes religiosas en los territorios recien conquistados. De otro modo, y sin beneficio alguno, ríos de sangre pregonarán á diario que esta terquedad impolítica dá funestos resultados y esteriliza los esfuerzos de aquel sufrido Ejército, que casi olvidado, combate cual pudiera hacerlo en Africa, contra fiero enemigo que no dá cuartel al herido ni al prisionero, y teniendo además que vencer los obstáculos insuperables que presentan las intrincadas selvas, bosques impenetrables y el clima insalubre de aquellas comarcas.

La distancia no debe ser óbice que amengüe el entusiasmo despertado con sus hechos por el soldado de Filipinas. Pues tanto allí como en la madre patria, el pecho del español filipino, como el del español peninsular, es santuario donde se rinde culto cariñoso y entusiasta á la nación. Por eso ésta debe agradecimiento á los vivos y recuerdo imperecedero para los héroes que en cruenta lucha pierden la vida en aras del engrandecimiento de la Patria, y procuran extender el benéfico impulso de progreso: «que asi el peninsular como el filipino, no tengan uno para otro sino motivo de gratitud y mútuo cariño.(Balaguer.)».[1]