El traje, aunque varía según la localidad, guarda relación en los detalles generales.
En Mindanao los hombres usan camisa partida, pantalón ancho y pañuelo en la cabeza arrollado en forma de turbante; las mujeres visten de blanco, llevando una especie de saya que llega poco más abajo de la rodilla.
Por influencia del clima, como ocurre al indio, el moro es apático y abandonado; reservado y suspicaz, pocas veces dá á entender sus pensamientos, que oculta hasta en lo más insignificante y baladí.
Celosos de su nobleza, que fundan en larguísimos abolengos, son extremadamente orgullosos. Les gusta relatar los hechos de sus antecesores y las distinciones ganadas por éstos en la guerra, cuya historia se repiten unos á otros durante las largas horas de sus reuniones amigables, llamadas Vicharas.
Su ilustración es escasísima y reside en determinados individuos; pocos saben leer y menos escribir, á excepción de los dignatarios, que sólo por este concepto monopolizan los puestos y poco ó nada hay escrito sobre su lengua, que viene á ser, como ya hemos dicho, una mezcolanza de la árabe con muchas palabras chinas, malayas, tagalas y visayas.
El moro, enemigo taimado y audaz, no perdona nunca medio alguno para causarnos el mayor mal posible; protegidos por la obscuridad han caído sobre pueblos inermes, ocasionando innumerables víctimas, haciendo centenares de cautivos; encastillados y defendidos por los bajos y arrecifes que circundan sus islas, están siempre listos para sorprender las embarcaciones que por allí se aventuran, cautivando á sus tripulantes y haciendo buena presa de los cargamentos.
El moro fué siempre un hombre terrible en la guerra, y lo mismo en Mindanao como en Joló; el número de su fuerzas no es conocido, porque allí donde hay un moro hay un guerrero; vá siempre armado con lanza, cris ó campilan, armas que nunca abandona, que son compañeras inseparables suyas, y que maneja con una rara habilidad; acostumbrado, como el indio, al clima en que vive y á las fatigas de su azarosa vida poco necesita para cubrir sus atenciones; bástale un puñado de arroz, las frutas que el bosque le brinda, la pesca que abunda en sus playas y el agua de sus pantanos. Cuando se pone en marcha no atiende sino á sus armas, duerme á campo raso, come lo que encuentra á mano, siendo esta propiedad tan inherente de su vida que para él, el mal alimento no constituye quebranto alguno.
Dotado de grande astucia, nunca se presenta en el llano en caso de guerra, prefiere lo intrincado de sus bosques, lo inaccesible de sus playas, donde se defiende con esa terquedad que le es común y con ese fanatismo peculiar al mahometano.
Atento primeramente á la seguridad de la familia, elige para situar sus poblaciones los puntos pantanosos de la playa, en la que vive con toda comodidad sí, pero rodeado siempre de precauciones, importándole poco la vecindad de las aguas, que para el moro, criado en ellas, la cosa más natural y más sencilla es el paso á nado de cualquier río por ancho y caudaloso que éste sea.
Sitúa sus fortalezas llamadas Cottas en los puntos culminantes que por su posición dominan el pueblo donde se avecina. Estos fuertes los constituyen una doble estacada rellena de tierra y piedras, que forma un macizo de 6 á 8 metros de espesor y 8 á 10 de altura. Allí parapetados esperan, con la calma que dá la impunidad, hasta descargar sus armas á boca de jarro sobre el enemigo, resguardados en los manglares que por lo regular rodean sus cottas, é impiden la entrada en ellas de no ir provisto de guía.