—No, no hablo de patos silvestres, hablo de los domésticos, de los que se crían en Pateros y en Pasig. Y ¿sabe usted de qué se alimentan?
Ben Zayb, la única cabeza pensante, no lo sabía: él no se dedicaba á aquella industria.
—¡De caracolitos, hombre, de caracolitos! contestó el P. Camorra; no se necesita ser indio para saberlo, ¡basta tener ojos!
—¡Justamente, de caracolitos! repetía don Custodio gesticulando con el dedo índice; y ¿usted sabe de dónde se sacan?
La cabeza pensante tampoco lo sabía.
—Pues si tuviera usted mis años de pais, sabría que los pescan en la barra misma donde abundan mezclados con la arena.
—¿Y su proyecto?
—Pues á eso voy. Obligaba yo á todos los pueblos del contorno, cercanos á la barra, á criar patos y verá V. como ellos, por sí solos, la profundizan pescando caracoles... Ni más ni menos, ni menos ni más.
Y don Custodio abría ambos brazos y contemplaba gozoso el estupor de sus oyentes: á ninguno se le había occurido tan peregrina idea.
—¿Me permite usted que escriba un artículo acerca de eso? preguntó Ben Zayb; en este país se piensa tan poco...