—¡Qué diantre! que hagan lo que usted ha hecho, que se quemen las cejas estudiando y se queden calvos como yo me he quedado poniéndome párrafos enteros en la memoria... Y yo creo que si usted habla el español es porque lo habrá aprendido; ¡usted no es de Manila ni es hijo de padres españoles! Pues que aprendan lo que usted y hagan lo que yo... Yo he sido criado de todos los frailes, les he preparado el chocolate y mientras con la derecha lo removía en el batidor, con la izquierda sostenía la gramática, aprendía y, gracias á Dios, que no he necesitado de más maestros ni de más academias ni de permisos del gobierno... Créame usted; el que quiera aprender, ¡aprende y llega á saber!

—¿Pero cuántos hay de entre los que quieren saber llegan á ser lo que usted? ¡Uno entre diez mil y aun!

—¡Psch! ¿y para qué más? contestó el viejo encogiéndose de hombros. Abogados los hay de sobra, muchos se meten á escribientes. ¿Médicos? se insultan, se calumnian y se matan por disputarse un enfermo... Brazos, señor, ¡brazos son los que necesitamos para la agricultura!

Isagani comprendió que perdía tiempo, pero quiso replicar.

—Indudablemente, contestó; hay muchos médicos y abogados, mas no diré que nos sobran pues tenemos pueblos que carecen de ellos, pero si abundan en cantidad quizás nos faltan en calidad. Y, puesto que no se puede impedir que la juventud estudie y aquí no se nos presentan otras carreras ¿por qué dejar que malogren su tiempo y sus esfuerzos? Y si lo defectuoso de la enseñanza no impide el que muchos se hagan abogados ó médicos, si los hemos de tener al fin, ¿por qué no tenerlos buenos? Y con todo, aun cuando solo se quiera hacer del país un país de agricultores, un país de braceros, y condenar en él todo trabajo intelectual, no veo mal ninguno en ilustrar á estos mismos agricultores y braceros, en darles por lo menos una educacion que les permita despues perfeccionarse y perfeccionar sus trabajos, poniéndoles en estado de comprender muchas cosas que al presente desconocen.

—¡Bah, bah, bah! exclamó el abogado trazando con la mano círculos en el aire como para ahuyentar las ideas evocadas; para ser buen cosechero no se necesitan tantas retóricas. ¡Sueños, ilusiones, ideología! ¡Ea! ¿quiere usted seguir un consejo?

Y se levantó y poniéndole afectuosamente la mano sobre el hombro, continuó:

—Le voy á dar uno y muy bueno porque veo que es usted listo y el consejo no será perdido. ¿Usted va á estudiar Medicina? Pues limítese á aprender cómo se ponen los emplastos y se aplican las sanguijuelas y no trate jamás de mejorar ó empeorar la suerte de sus semejantes. Cuando se reciba de licenciado, cásese con una muchacha rica y devota, trate de curar y cobrar bien; huya de toda cosa que tenga relacion con el estado general del país, oiga misa, confiésese y comulgue cuando lo hagan los demás, y verá usted como despues me lo agradecerá y yo lo veré si aun vivo. Acuérdese siempre de que la caridad bien entendida empieza por sí mismo; el hombre no debe buscar en la tierra más que la mayor suma de felicidad propia como dice Bentham; si se mete usted en quijotismos ni tendrá carrerá, ni se casará, ni será nada. Todos le abandonarán y serán sus mismos paisanos los primeros que se reirán de su inocencia. Créame usted, usted se acordará de mí y me dará la razon cuando tenga canas como yo, ¡canas como estas!

Y el viejo abogado se cogía sus pocos cabellos blancos sonriendo tristemente y agitando la cabeza.

—Cuando tenga canas como esas, señor, contestó Isagani con igual tristeza, y vuelva la vista hácia mi pasado y vea que solo he trabajado para mí, sin haber hecho lo que buenamente podía y debía por el país que me ha dado todo, por los ciudadanos que me ayudan á vivir, entonces, señor, cada cana me será una espina y en vez de gloriarme de ellas, ¡me he de avergonzar!