—Pero, escúcheme usted, voy á demostrárselo. Todo es cuestion de óptica. Yo no he visto todavía la cabeza ni sé como la presentan. El señor—señalando á Juanito Pelaez—nos dice que no se parece á las cabezas parlantes que se enseñan de ordinario—¡sea! Pero el principio es el mismo; todo es cuestion de óptica; espere usted, se pone un espejo así, un espejo detrás, la imágen se refleja... digo, es puramente un problema de Física.
Y descolgaba de los muros varios espejos, los combinaba, los inclinaba y como no le resultaba el efecto, concluía:
—Como digo, ni más ni menos que una question de óptica.
—Pero que espejos quiere usted, si Juanito nos dice que la cabeza está dentro de una caja que se coloca sobre una mesa... Yo veo en ello el espiritismo porque los espiritistas siempre se valen de mesas y creo que el P. Salví, como gobernador eclesiástico que es, debía prohibir el espectáculo.
El P. Salví estaba silencioso; no decía ni sí ni no.
—Para saber si dentro hay diablos ó espejos, repuso Simoun, ¡lo mejor es que ustedes vayan á ver la famosa esfinge!
La proposicion pareció buena y fué aceptada, pero el P. Salví y don Custodio manifestaban cierta repugnancia. ¡Ellos á una feria, codearse con el público y ver esfinges y cabezas parlantes! ¿Qué dirían los indios? Los podían tomar por hombres, dotados de las mismas pasiones y flaquezas que los otros. Entonces Ben Zayb, con su ingenio de periodista, prometió que suplicaría á Mr. Leeds no dejase entrar al público mientras estuviesen dentro: bastante honor le harían con la visita para que no se prestase, y todavía no les ha de cobrar la entrada. Y para cohonestar esta pretension decía Ben Zayb:
—¡Porque, figúrense ustedes! ¡si descubro la trampa del espejo delante del público de los indios! ¡Le quitaría el pan al pobre americano!
Ben Zayb era un hombre muy concienzudo.
Bajaron unos doce, entre ellos nuestros conocidos don Custodio, el P. Salví, el P. Camorra, el P. Irene, Ben Zayb y Juanito Pelaez. Sus coches les dejaron á la entrada de la plaza de Kiapò.