—El opio es una de las plagas de los tiempos modernos, repuso el Capitan con un desprecio é indignacion de senador romano; los antiguos lo conocieron, mas nunca abusaron de él. Mientras duró la aficion á los estudios clásicos (obsérvenlo bien, jóvenes) el opio solo fué medicina, y si no, díganme quiénes lo fuman más. ¡Los chinos, los chinos que no saben una palabra de latin! ¡Ah si Capitan Tiago se hubiese dedicado á Ciceron!...
Y el disgusto más clásico se pintó en su cara de epicúreo bien afeitado. Isagani le contemplaba con atencion: aquel señor padecía la nostalgia de la antigüedad.
—Pero, volviendo á esa Academia de Castellano, continuó Capitan Basilio; les aseguro á ustedes que no la han de realizar...
—Sí señor, de un día á otro esperamos el permiso, contesta Isagani; el P. Irene, que usted habrá visto arriba, y á quien regalamos una pareja de castaños, nos lo ha prometido. Va á verse con el General.
—¡No importa! ¡el P. Sibyla se opone!
—¡Que se oponga! Por eso viene para... en Los Baños, ante el General.
Y el estudiante Basilio hacía una mímica con sus dos puños haciéndolos chocar uno contra el otro.
—¡Entendido! observó riendo Capitan Basilio. Pero aunque ustedes consigan el permiso, ¿de dónde sacarán fondos...?
—Los tenemos, señor; cada estudiante contribuye con un real.