—No sabiendo qué hacer, prosiguió Mr. Leeds cerrando cuidadosamente la caja, examiné el papiro y ví dos palabras de sentido para mí desconocido. Las decifré, y traté de pronunciarlas en voz alta, y apenas articulé la primera cuando sentí que la caja se deslizaba de mis manos como arrebatada por un peso enorme y rodaba por el suelo de donde en vano lo intenté remover. Mi sorpresa se convirtió en espanto, cuando, abierta, me encontré dentro con una cabeza humana que me miraba con estraordinaria fijeza. Aterrado y no sabiendo que hacer ante semejante prodigio, quedéme atónito por un momento temblando como un azogado... Me repuse... Creyendo que aquello era vana ilusion traté de distraerme prosiguiendo la lectura de la segunda palabra. Apenas la pronuncio, la caja se cierra, la cabeza desaparece y en su lugar encuentro otra vez el puñado de cenizas. Sin sospecharlo había descubierto las dos palabras más poderosas en la naturaleza, las palabras de la creacion y de la destruccion, ¡la de la vida y la de la muerte!
Detúvose algunos momentos como para ver el efecto de su cuento. Despues con paso grave y mesurado, se acercó á la mesa colocando sobre ella la misteriosa caja.
—¡Mister, el paño! dijo Ben Zayb incorregible.
—¿Y cómo no? contestó Mr. Leeds muy complaciente.
Y levantando con la mano derecha la caja, recogió con la izquierda el paño descubriendo completamente la mesa, sostenida sobre sus tres piés. Volvió á colocar la caja encima, en el centro, y con mucha gravedad se acercó al público.
—¡Aquí le quiero ver! decía Ben Zayb á su vecino; verá usted como se sale con alguna escusa.
La atencion más grande se leía en los rostros de todos; el silencio reinaba. Se oían distintamente el ruido y la algazara de la calle, pero estaban todos tan emocionados que un trozo de diálogo que llegó hasta ellos, no les causó ningun efecto.
—¿Porque ba no di podí nisós entrá? preguntaba una voz de mujer.
—Abá, ñora, porque ’tallá el maná prailes y él maná empleau, contestó un hombre; ’ta jasí solo para ilós el cabesa de espinge.
—¡Curioso tambien el maná prailes! dijo la voz de mujer alejándose; ¡no quiere pa que di sabé nisos cuando ilos ta sali ingañau! ¡Cosa! ¿querida ba de praile el cabesa?