—¿Y cómo fué la trama que contra tí urdieron los sacerdotes de tu país? preguntó Mr. Leeds.
La cabeza lanzó un gemido doloroso como salido del fondo del corazon y los espectadores vieron sus ojos, aquellos ojos de fuego, nublarse y llenarse de lágrimas. Estremeciéronse muchos y sintieron sus pelos erizarse. No, aquello no era ficcion, no era charlatanería; la cabeza era una víctima y lo que contaba era su propia historia.
—¡Ay! dijo agitándose con desconsuelo; yo amaba á una joven, hija de un sacerdote, pura como la luz, ¡como el loto cuando se acaba de abrir! El joven sacerdote de Abydos la codiciaba tambien, y urdió un motin valiéndose de mi nombre y merced á unos papiros míos que sonsacó á mi amada. El motin estalló en el momento en que Cambyses volvía furioso de los desastres de su desgraciada campaña. Fuí acusado de rebelde, preso, y habiéndome escapado, en la persecucion fuí muerto en el lago Mœris... Yo ví desde la eternidad triunfar á la impostura, veo al sacerdote de Abydos perseguir noche y día á la virgen refugiada en un templo de Isis en la isla de Philœ... yo le veo perseguirla y acosarla hasta en los subterráneos, volverla loca de terror y de sufrimiento, como un gigantesco murciélago á una blanca paloma... ¡Ah! sacerdote, ¡sacerdote de Abydos! vuelvo á la vida para revelar tus infamias, y despues de tantos años de silencio te llamo asesino, sacrílego, ¡¡calumniador!!
Una carcajada seca, sepulcral siguió á estas palabras mientras una voz ahogada respondía:
—¡No! ¡piedad...!
Era el P. Salví que rendido por el terror estendía ambas manos y se dejaba caer.
—¿Qué tiene V. R. P. Salví? ¿Se siente mal? preguntó el P. Irene,
—Es el calor de la sala...
—Es el olor á muerto que aquí se respira...
—¡Asesino, calumniador, sacrílego! repetía la cabeza; te acuso, ¡asesino, asesino, asesino!