Iba ya á abandonar la feria cuando creyó distinguir al joyero Simoun despidiéndose de un estrangero y hablando ambos en inglés. Para Plácido, todo idioma hablado en Filipinas por los europeos, que no sea español, tiene que ser inglés: además pescó nuestro joven la palabra Hong Kong.

¡Si el joyero Simoun pudiese recomendarle á aquel estrangero que debe partir para Hong Kong!

Plácido se detuvo. Conocía al joyero por haber estado en su pueblo vendiendo alhajas. Le había acompañado en un viaje y por cierto que Simoun se había mostrado muy amable con él contándole la vida que se lleva en las Universidades de los paises libres: ¡qué diferencia!

Plácido le siguió al joyero.

—¡Señor Simoun, señor Simoun! dijo.

El joyero en aquel momento se disponía á subir en un coche. Así que conoció á Plácido, se detuvo.

—Quisiera pedirle un favor..., ¡decirle dos palabras! dijo.

Simoun hizo un gesto de impaciencia que Plácido en su turbacion no observó. En pocas palabras contó el joven lo que le había pasado manifestando su deseo de irse á Hong Kong.

—¿Para qué? preguntó Simoun mirando á Plácido fijamente al través de sus anteojos azules.

Plácido no contestó. Entonces Simoun levantó la cabeza, sonrióse con su sonrisa silenciosa y fría y dijo á Plácido: