Olvidóse por un momento de sus apuros y de las piruetas de Pepay, para considerar ¡que todo lo que se contenía en aquellas gradas había salido de su fecunda cabeza en momentos de inspiracion! ¡Cuántas ideas originales, cuántos pensamientos sublimes, cuantos medios salvadores de la miseria filipina! ¡La inmortalidad y la gratitud del país las tenía él seguras!

Como un viejo pisaverde que descubre mohoso paquete de epístolas amatorias, levantóse don Custodio y se acercó al estante. El primer cartapacio, grueso, hinchado, pletórico, llevaba por título «PROYECTOS en proyecto

—¡No! murmuró; hay cosas excelentes, pero se necesitaría un año para releerlos.

El segundo, bastante voluminoso tambien, se titulaba «PROYECTOS en estudio.»—¡No, tampoco!

Luego venían los «PROYECTOS en maduracion...» «PROYECTOS presentados...» «PROYECTOS rechazados...» «PROYECTOS aprobados...» «PROYECTOS suspendidos...» Estos últimos cartapacios contenían poca cosa, pero el último menos todavía, el de los «PROYECTOS en ejecucion

Don Custodio arrugó la nariz, ¿qué tendrá? Ya se había olvidado de lo que podía haber dentro. Una hoja de papel amarillento asomaba por entre las dos cubiertas, como si el cartapacio le sacase la lengua.

Sacólo del armario y lo abrió: era el famoso proyecto de la Escuela de Artes y Oficios.

—¡Qué diantre! exclamó; pero si se han encargado de ella los Padres Agustinos...

De repente se dió una palmada en la frente, arqueó las cejas, una espresion de triunfo se pintó en su semblante.

—¡Si tengo la solucion, c—! exclamó lanzando una palabrota que no era el eureka pero que principia por donde este termina; mi dictamen está hecho.