Camaroncocido vió los pesos, y se encogió de hombros. A él ¿qué le importaban?
El vejete era su digno contraste. Pequeñito, muy pequeñito, cubierta la cabeza con un sombrero de copa trasformado en colosal gusano de pelo, se perdía en una levita ancha, muy ancha y demasiado larga, para encontrarse al fin de unos pantalones demasiado cortos que no pasaban de las pantorillas. Su cuerpo parecía el abuelo y las piernas los nietos, mientras que por sus zapatos tenía aire de navegar en seco—¡eran unos enormes zapatos de marinero que protestaban del gusano de pelo de su cabeza con la energía de un convento al lado de una Exposicion Universal! Si Camaroncocido era rojo, él era moreno; aquel siendo de raza española no gastaba un pelo en la cara, él, indio, tenía perilla y bigotes blancos, largos y ralos. Su mirada era viva. Llamábanle Tío Quico y, como su amigo, vivía igualmente de la publicidad: pregonaba las funciones y pegaba los carteles de los teatros. Era quizás el único filipino que podía impunemente ir á pié con chistera y levita así como su amigo era el primer español que se reía del prestigio de la raza.
—El francés me ha gratificado muy bien, decía sonriendo y enseñando sus pintorescas encías que parecían una calle despues de un incendio; ¡he tenido buena mano en pegar los carteles!
Camaroncocido volvió á encogerse de hombros.
—Quico, repuso en voz cavernosa, si te dan seis pesos por tu trabajo, ¿cuánto darán á los frailes?
Tío Quico con su vivacidad natural levantó la cabeza.
—¿A los frailes?
—¡Porque has de saber, continuó Camaroncocido, que toda esta entrada se la han procurado los conventos!
En efecto, los frailes, á su cabeza el P. Salví y algunos seglares capitaneados por don Custodio se habían opuesto á semejantes representaciones. El P. Camorra que no podía asistir encandilaba los ojos y se le hacía agua la boca, pero disputaba con Ben Zayb que se defendía débilmente pensando en los billetes gratis que le enviaría la empresa. Don Custodio le hablaba de moralidad, de religion, buenas costumbres, etc.
—Pero, balbuceaba el escritor, si nuestros sainetes con sus juegos de palabras y frases de doble sentido...