Y Tadeo le nombra todas las personas que llegan y, cuando no las conoce, inventa apellidos, historias y da curiosos detalles.

—¿Ves? aquel señor alto, de patillas negras, algo bizco, vestido de negro, es el magistrado A, amigo íntimo de la señora del coronel B; un día, á no ser por mí, se pegan los dos... ¡adios! Mira, allí llega precisamente el coronel, ¿si se pegarán?

El novato suspende la respiracion, pero el coronel y el magistrado se estrechan afectuosamente la mano; el militar, un solteron, pregunta por la salud de la familia, etc.

—¡Ah! ¡gracias á Dios! respira Tadeo; soy yo quien les ha hecho amigos.

—¿Si les pidiera usted que nos hagan entrar? pregunta con cierta timidez el novato.

—¡Ca, hombre! ¡Yo no pido nunca favores! dice magestuosamente Tadeo; los hago, pero desinteresadamente.

El novato se muerde los labios, se queda más pequeño y pone una respetuosa distancia entre él y su compoblano.

Tadeo continúa:

—Ese es el músico H... ese, el abogado J que pronunció como suyo un discurso impreso en todos los libros y los oyentes le felicitaron y le admiraron... El médico K, ese que baja de un hansomcab, especialista en enfermedades de niños, por eso le llaman Herodes... Ese es el banquero L que solo sabe hablar de sus riquezas y almorranas... el poeta M que siempre trata de estrellas y del más allá... Allí va la hermosa señora de N que el Padre Q suele encontrar cuando visita al marido ausente... el comerciante judío P que se vino con mil pesos y ahora es millonario... Aquel de larga barba es el médico R que se ha hecho rico creando enfermos mejor que sanando...

—¿Creando enfermos?