Una salva de aplausos le sacó de su meditacion.
El telon acababa de levantarse y el alegre coro de campesinos de Corneville se presentaba á sus ojos, vestidos con sus gorros de algodon y pesados zuecos de madera en los piés. Ellas, unas seis ó siete muchachas, bien pintadas de carmin en los labios y mejillas, con grandes circulos negros en torno de los ojos para aumentar su brillo, enseñaban blancos brazos, dedos llenos de brillantes y piernas redondas y bien torneadas. Y mientras cantaban la frase normanda allez, marchez! allez, marchez! sonreían á sus respectivos adoradores de las butacas con tanta desfachatez que don Custodio, despues de mirar al palco de la Pepay como para asegurarse de que no hacía lo mismo con otro admirador, consignó en la cartera esta indecencia y para estar más seguro, bajó un poco la cabeza para ver si las actrices no enseñaban hasta las rodillas.
—¡Oh, estas francesas! murmuró mientras su imaginacion se perdía en consideraciones de un grado más elevado y hacía comparaciones y proyectos.
Quoi v’là tous les cancans d’la s’maine!...
canta Gertrude, una soberbia moza que mira picarescamente de reojo al Capitan General.
—¡Cancan tenemos! exclamó Tadeo, el primer premio de francés en su clase, y que pudo pescar esta palabra. Makaraig, ¡van á bailar el cancan!
Y se frotó alegremente las manos.
Tadeo, desde que se levantó el telon, no hacía caso de la música; solo buscaba lo escandaloso, lo indecente, lo inmoral en los gestos y en los trajes, y con su poco de francés aguzaba el oido para pillar las obscenidades que tanto habían pregonado los censores severos de su patria.
Sandoval que se las daba de saber francés, se había convertido en una especie de intérprete para sus amigos. Sabía tanto como Tadeo pero se ayudaba del argumento publicado por los periódicos y lo demás se lo suplía su fantasía.
—Sí, dijo, van á bailar el cancan y ella lo va á dirigir.