Pero el apuro de Juanito cuando, llegada la hora del mercado y abierta la barrera, los criados que se alquilaban se colocaban al lado de los respectivos anuncios que señalaban su clase. Los criados, unos diez ó doce tipos rudos, vestidos de librea y llevando una ramita en la mano, se situaban debajo del anuncio domestiques.
—¡Esos son los domésticos! dice Juanito.
—A la verdad que tienen aire de recien domesticados, observa doña Victorina; ¡vamos á ver á los medio salvajes!
Despues, la docena de muchachas, á su cabeza la alegre y viva Serpolette, ataviadas con sus mejores trajes, llevando cada una un gran ramillete de flores á la cintura, risueñas, sonrientes, frescas, apetitosas, se colocan con gran desesperacion de Juanito junto al poste de las servantes.
—¿Cómo? preguntó cándidamente Paulita; ¿son esas las salvajes que usted dice?
—No, contesta Juanito imperturbable; se han equivocado... se han cambiado... Esos que vienen detrás.
—¿Esos que vienen con un látigo?
Juanito hace señas de que sí, con la cabeza, muy inquieto y apurado.
—¿De modo que esas mozas son los cochers?
A Juanito le ataca un golpe de tos tan violenta que provoca la impaciencia de algunos espectadores.