¡Ir en el mismo coche, tenerla al lado, aspirar su perfume, rozar la seda de su traje, verla pensativa, con los brazos cruzados, bañada por la luna de Filipinas que presta á las cosas más vulgares idealidad y encantos, era un sueño que Isagani no se esperaba! ¡Qué miserables eran los que se retiraban á pié, solos, y tenían que apartarse para dejar paso al rápido coche! De todo aquel trayecto, á lo largo de la playa, por el paseo de la Sabana, el puente de España, Isagani no ha visto más que un suave perfil peinado graciosamente, terminado por un flexible cuello que se perdía entre las gasas de la piña. Un brillante le guiñaba desde el lóbulo de la diminuta oreja, como una estrella entre plateadas nubes. Isagani ha oido ecos lejanos preguntándole por don Tiburcio de Espadaña, el nombre de Juanito Pelaez, pero le sonaban á campanadas que se oyen de lejos, voces confusas percibidas durante el sueño.
Fué necesario advertirle que habían llegado á la plaza de Santa Cruz.
XXV
Risas—Llantos
La sala de la «Pansitería Macanista de buen gusto» ofrecía en aquella noche un aspecto estraordinario.
Catorce jóvenes, de las principales islas del Archipiélago, desde el indio puro (si es que los hay puros) al español peninsular, se reunían para celebrar el banquete que el P. Irene aconsejaba, en vista de la resolucion dada al asunto de la enseñanza del castellano. Habían alquilado para sí todas las mesas, mandando aumentar las luces y pegar en la pared, junto á los paisajes y kakémonos chinescos, este estraño versículo:
¡Gloria á Custodio por sus listuras y pansit an la tierra á los chicos de buena voluntad!
En un país donde todo lo grotesco se cubre con capa de seriedad, donde muchos se elevan á fuerza de humo y aire calentado; en un pais donde lo profundamente serio y sincero daña al salir del corazon y puede ocasionar disturbios, probablemente aquella era la mejor manera de celebrar la ocurrencia del insigne don Custodio. Los burlados contestaban á la sorna con una carcajada, al pastel gubernamental respondían con un plato de pansit, ¡y todavía!
Se reía, se chanceaba, pero era visible que en la alegría había esfuerzo; las risas vibraban de cierto temblor nervioso, de los ojos saltaban rápidas chispas y en más de uno se vió una lágrima brillar. Y sin embargo, aquellos jóvenes eran crueles, ¡eran injustos! No era la primera vez que se resolvían así los más hermosos pensamientos, que se defraudaban las esperanzas con grandes palabras y pequeñas acciones: antes de don Custodio, hubo otros muchos, ¡muchísimos!