—¡Enhorabuena! dijo; pero no vea usted en mí á su catedrático; yo soy un fraile y usted un estudiante filipino, ¡nada más, nada menos! y ahora le pregunto á usted ¿qué quieren de nosotros los estudiantes filipinos?

La pregunta llegaba de sorpresa; Isagani no estaba preparado. Era una estocada que se desliza de repente mientras hacen el muro, como dicen en la esgrima. Isagani así sorprendido, respondió por una violenta parada como un aprendiz que se defiende:

—¡Que ustedes cumplan con su deber! dijo.

Fr. Fernandez se enderezó: la respuesta le sonó á cañonazo.

—¡Que cumplamos con nuestro deber! repitió irguiéndose; pues ¿no cumplimos con nuestro deber? ¿qué deberes nos asignan ustedes?

—¡Los mismos que ustedes libérrimamente se han impuesto al entrar en su orden y los que despues, una vez en ella, se han querido imponer! Pero, como estudiante filipino, no me creo llamado á examinar su conducta en relacion con sus estatutos, con el catolicismo, con el gobierno, el pueblo filipino y la humanidad en general: cuestiones son esas que ustedes tienen que resolver con sus fundadores, con el Papa, el gobierno, el pueblo en masa ó con Dios; como estudiante filipino, me limitaré á sus deberes respecto á nosotros. Los frailes, en general, al ser los inspectores locales de la enseñanza en provincias, y los dominicos, en particular, al monopolizar en sus manos los estudios todos de la juventud filipina, han contraido el compromiso, ante los ocho millones de habitantes, ante España y ante la humanidad, de la que nosotros formamos parte, de mejorar cada vez la semilla joven, moral y físicamente, para guiarla á su felicidad, crear un pueblo honrado, próspero, inteligente, virtuoso, noble y leal. Y ahora pregunto yo á mi vez, ¿han cumplido los frailes con su compromiso?

—Estamos cumpliendo...

—¡Ah! P. Fernandez, interrumpió Isagani; usted con la mano sobre su corazon puede decir que está cumpliendo, pero con la mano sobre el corazon de la orden, sobre el corazon de todas las órdenes, ¡no lo puede decir sin engañarse! ¡Ah, P. Fernandez! cuando me encuentro ante una persona que estimo y respeto, prefiero ser el acusado á ser el acusador, prefiero defenderme á ofender. Pero, ya que hemos entrado en explicaciones, ¡vamos hasta el fin! ¿Cómo cumplen con su deber los que en los pueblos inspeccionan la enseñanza? ¡Impidiéndola! Y los que aquí han monopolizado los estudios, los que quieren modelar la mente de la juventud, con exclusion de otros cualesquiera, ¿cómo cumplen con su mision? Escatimando en lo posible los conocimientos, apagando todo ardor y entusiasmo, ¡rebajando toda dignidad, único resorte del alma, é inculcando en nosotros viejas ideas, rancias nociones, falsos principios incompatibles con la vida del progreso! ¡Ah! si, cuando se trata de alimentar á presos, de proveer á la manutencion de criminales, el gobierno propone una subasta para hallar al postor que ofrezca las mejores condiciones de alimentacion, al que menos les ha de dejar perecer de hambre, cuando se trata de nutrir moralmente á todo un pueblo, nutrir á la juventud, á la parte más sana, á la que despues ha de ser el pais y el todo, el gobierno no solo no propone ninguna subasta, sino que vincula el poder en aquel cuerpo que precisamente hace alardes de no querer la instruccion, de no querer ningun adelanto. ¿Qué diríamos nosotros si el abastecedor de cárceles, despues de haberse apoderado por intrigas de la contrata, dejase luego languidecer á sus presos en la anemia, dándoles todo lo rancio y pasado, y se escusase despues diciendo que no conviene que los presos tengan buena salud, porque la buena salud trae alegres pensamientos, porque la alegría mejora al hombre, y el hombre no debe mejorar porque le conviene al abastecedor que haya muchos criminales? ¿Qué diríamos si despues el gobierno y el abastecedor se coaligasen porque de los diez ó doce cuartos que percibe por cada criminal el uno, recibe cinco el otro?

El P. Fernandez se mordía los labios.

—Esas son muy duras acusaciones, dijo, y usted traspasa los límites de nuestra convencion.