—El fin justifica los medios, decía otro; nuestro fin es nuestra santa Religion y la integridad de la Patria. Declárese el estado de sitio, y al más pequeño disturbio, coger á todos los ricos é ilustrados y... ¡limpiar el país!
—Si no llego á tiempo para aconsejar la moderacion, añadía el P. Irene, dirigiéndose á Capitan Tiago, de seguro que la sangre corría ahora por las calles. Yo pensaba en usted, capitan... El partido de los violentos no pudo conseguir mucho del General, y echaban de menos á Simoun... ¡Ah! si Simoun no llega á enfermarse...
Con la prision de Basilio y la requisa que se hizo despues entre sus libros y papeles, Capitan Tiago se había puesto ya bastante malo. Ahora venía el P. Irene á aumentar su terror con historias espeluznantes. Apoderóse del infeliz un miedo indecible que se manifestó primero por ligero temblor, que se fué acentuando rápidamente hasta no dejarle hablar. Con los ojos abiertos, la frente sudorosa, se cogió del brazo del P. Irene, trató de incorporarse, pero no pudo y, lanzando dos ronquidos, cayó pesadamente sobre la almohada. Capitan Tiago tenía los ojos abiertos y babeaba: estaba muerto. Aterrado el P. Irene huyó y, como el cadáver se le había agarrado, en su huida lo arrastró fuera de la cama, dejándolo en medio del aposento.
A la noche el terror llegó á su máximum. Habían tenido lugar varios hechos que hacían creer á los timoratos en los agentes provocadores.
Con ocasion de un bautismo, arrojáronse algunos cuartos á los chicos y naturalmente hubo cierto tumulto en la puerta de la iglesia. Acertó entonces pasar por allí un bravo militar que, algo preocupado, tomó el barullo por filibusterada, y arremetiendo sable en mano á los chicos, entra en el templo, y si no se enreda en la cortina suspendida del coro, no iba á dejar dentro títere con cabeza. Verlo esto los timoratos y echarse á correr propalando que la revolucion había comenzado, fué cosa de un segundo. Cerráronse atropelladamente las pocas tiendas que quedaban abiertas, chinos hubo que se dejaron fuera piezas de tela, y no pocas mujeres perdieron sus chinelas al correr por las calles. Afortunadamente no hubo más que un herido y unos cuantos contusos, entre ellos el mismo militar al caerse luchando con la cortina, que olía á capa del filibusterismo. Tal proeza le dió tanto renombre y un renombre tan puro que ¡ojalá todas las famas se conquistasen de análoga manera! ¡las madres llorarían menos y estaría más poblada la tierra!
En un arrabal sorprendieron los vecinos á dos individuos que enterraban armas debajo de una casa de tabla. Alborotóse el barrio; los habitantes quisieron perseguir á los desconocidos para matarlos y entregarlos á las autoridades, pero un vecino les calmó diciéndoles que bastaba con presentar al tribunal el cuerpo del delito. Eran por lo demás viejas escopetas que de seguro habrían herido al primero que hubiese querido servirse de ellas.
—¡Bueno! decía un valenton; si quieren que nos alzemos, ¡adelante!
Pero el valenton fué sacudido á golpes y á puñetazos, pellizcado por las mujeres como si fuese el propietario de las escopetas.
En la Hermita la cosa ya fué más grave si bien metió menos ruido y eso que hubo tiros. Cierto empleado precavido que se había armado hasta los dientes, vió, al anochecer, un bulto cerca de su casa, lo tomó sin más ni más por estudiante y le soltó dos tiros de revólver. El bulto resultó despues ser un guardia veterano y le enterraron y, ¡pax Christi! ¡Mutis!
En Dulumbayan resonaron tambien varios tiros, de los que resultaron muertos un pobre viejo sordo, que no había oido el quien vive del centinela, y un cerdo que lo oyó y no contestó España. Al viejo no le enterraron facilmente pues no tenía con que pagar las exequias, y al cerdo se lo comieron.