—Queda uno solo, uno que, segun el P. Irene, fué criado de Cpn. Tiago... No hay quien le reclama...
—¿Criado y estudiante? preguntó S. E.; ¡pues entonces ése, que se quede ése!
—Me permitirá V. E., observó el alto empleado que se hallaba presente, por casualidad; pero me han dicho que ese chico es estudiante de Medicina, sus profesores hablan bien de él... si continúa preso pierde un año, y como este año termina...
La intervencion del alto empleado en favor de Basilio, en vez de hacerle bien, le perjudicó. Hacía tiempo que entre el empleado y S. E. había cierta tirantez, ciertos disgustos, aumentados por dimes y diretes. S. E. se sonrió nerviosamente y contestó:
—¿Sí? pues razon de más para que continúe preso; un año más de carrera, en vez de hacerle daño, le hará bien, á él y á todos los que despues caigan en sus manos. Por mucha práctica no es uno mal médico. ¡Razon de más para que se quede! ¡Y luego dirán los reformistas filibusterillos que nosotros no nos cuidamos del país! añadió S. E. riendo sarcásticamente.
El alto empleado comprendió su falta y tomó á pecho la causa de Basilio.
—Pero es que ese joven me parece el más inocente de todos, repuso con cierta timidez.
—Se le han ocupado libros, contestó el secretario.
—Sí, obras de Medicina y folletos escritos por peninsulares... aun sin cortar las hojas... y ¿qué quiere eso decir? Ademas, ese joven no ha estado en el banquete de la pansitería, ni se ha metido en nada... Como dije, es el más inocente...
—¡Mejor que mejor! exclamó alegremente S. E.; ¡así el castigo resulta más saludable y ejemplar como que infunde más terror! Gobernar es obrar así, señor mío; hay que sacrificar muchas veces el bien de uno por el bien de muchos... Pero yo hago más: del bien de uno, saco el bien de todos, salvo el principio de autoridad que peligra, el prestigio se respeta y se mantiene. ¡Con este acto mío corrijo errores de propios y estraños!