—¡Sin duda que no! replicó el alto empleado irguiéndose con altanería; ¡V. E. no me fuerza, V. E. no me puede forzar á mí, á mí á que participe de su responsabilidad! La mía la entiendo de otra manera, y porque la tengo, voy á hablar pues me he callado por mucho tiempo. ¡Oh, no haga V. E. esos gestos porque el que aquí haya yo venido con este ó aquel cargo no quiere decir que abdique de mis derechos y me reduzca al papel de esclavo, sin voz ni dignidad! Yo no quiero que España pierda este hermoso imperio, esos ocho millones de súbditos sumisos y pacientes que viven de desengaños y esperanzas; pero tampoco quiero manchar mis manos en su esplotacion inhumana, no quiero que se diga jamás que, destruida la trata, España la ha continuado en grande cubriéndola con su pabellon y perfeccionándola bajo un lujo de aparatosas instituciones. No, España para ser grande no tiene necesidad de ser tirana; España se basta á sí misma, ¡España era más grande cuando solo tenía su territorio, arrancado de las garras del moro! Yo tambien soy español, pero antes que español soy hombre y antes que España y sobre España está su honra, estan los altos principios de moralidad, ¡los eternos principios de la inmutable justicia! Ah, usted se asombra de que piense así, porque usted no tiene idea de la grandeza del nombre español, no la tiene usted, no; usted lo identifica con las personas, con los intereses; para usted el español puede ser pirata, puede ser asesino, hipócrita, falso, todo, con tal de conservar lo que tiene; para mí, el español debe perderlo todo, imperio, poderío, riquezas, todo, ¡todo antes que el honor! ¡Ah, señor mío! Nosotros protestamos cuando leemos que la fuerza se antepone al derecho, y aplaudimos cuando en la práctica la vemos hipócrita no solo torcerlo sino ponerlo á su servicio para imponerse... Por lo mismo que amo á España, ¡hablo aquí y desafío el fruncimiento de sus cejas! Yo no quiero que en las edades venideras sea acusada de madrastra de naciones, vampiro de pueblos, tirana de pequeñas islas, ¡porque sería horrible escarnio á los nobles propósitos de nuestros antiguos reyes! ¿Cómo cumplimos con su sagrado testamento? Prometieron á estas islas amparo y rectitud y jugamos con las vidas y libertades de sus habitantes; prometieron civilizacion y se la escatimamos, temiendo que aspiren á más noble existencia; les prometieron luz, y les cegamos los ojos para que no vean nuestra bacanal; prometieron enseñarles virtudes y fomentamos sus vicios y, en vez de la paz, de la riqueza y la justicia, reina la zozobra, el comercio muere y el escepticismo cunde en las masas. ¡Pongámonos en lugar de los filipinos y preguntémonos qué haríamos en su caso! ¡Ay! en su silencio de usted leo su derecho de sublevarse, y si las cosas no se mejoran se sublevarán un día ¡y á fé que la justicia estará de su parte y con ella las simpatías de todos los hombres honrados, de todos los patriotas del mundo! Cuando á un pueblo se le niega la luz, el hogar, la libertad, la justicia, bienes sin los cuales no es posible la vida y por lo mismo constituyen el patrimonio del hombre, ese pueblo tiene derecho para tratar al que así le despoja como al ladron que nos ataja en el camino: no valen distingos, no valen escepciones, no hay más que un hecho, una propiedad, un atentado y todo hombre honrado que no vaya de parte del agredido, se hace cómplice y mancha su conciencia. Sí, yo no soy militar, y los años van apagando el poco fuego de mi sangre, pero así como me dejaría hacer pedazos por defender la integridad de España contra un invasor etrangero ó contra las veleidades injustificadas de sus provincias, así tambien le aseguro á usted que me pondría del lado de los filipinos oprimidos, ¡porque antes prefiero sucumbir por los derechos hollados de la humanidad que triunfar con los intereses egoistas de una nacion aun cuando esta nacion se llamase como se llama España!...
—¿Sabe usted cuándo sale el correo? preguntó friamente S. E. cuando el alto empleado hubo acabado de hablar.
El alto empleado le miró fijamente, despues bajó la cabeza y en silencio dejó el palacio.
En el jardin encontró su coche que le esperaba.
—Cuando un día os declareis independientes, dijo algo ensimismado al lacayo indio que le abría la portezuela, ¡acordaos de que en España no han faltado corazones que han latido por vosotros y han luchado por vuestros derechos!
—¿Dónde, señor? contestó el lacayo que no le había comprendido y preguntaba á donde tenían que ir.
Dos horas despues, el alto empleado presentaba su dimision y anunciaba su vuelta á España por el próximo correo.