—¡Uy! ¡las cortinas del Palacio!

—¡Calla! ¡y es verdad! Pues se llevan todo. ¡Verás como se hace un abrigo con las alfombras!

—¡Eso no prueba más sino que tiene ingenio y gusto! observó el marido, reprendiendo á su esposa con una mirada; ¡las mujeres deben ser económicas!

Todavía le dolía al pobre dios la cuenta de la modista.

—¡Hijo! dame cortinas de á doce pesos la vara y ¡verás si me pongo estos trapos! replicó picada la diosa; ¡Jesus! ¡hablarás cuando tengas tan espléndidos predecesores!

Entretanto Basilio, delante de la casa, confundido entre la turba de curiosos, contaba las personas que bajaban de los coches. Cuando vió tanta gente alegre, confiada; cuando vió al novio y á la novia, seguida de su cortejo de jovencitas inocentes y candorosas, y pensó que iban á encontrar allí una muerte horrible, tuvo lástima y sintió que se amortiguaba su odio.

Tuvo deseos de salvar á tantos inocentes, pensó escribir y dar parte á la justicia; pero un coche vino y bajaron el P. Salví y el P. Irene, ambos muy contentos, y como nube pasagera, se desvanecieron sus buenos propósitos.

—¡Qué me importa? se dijo ¡que paguen los justos con los pecadores!

Y luego añadió para tranquilizar sus escrúpulos:

—Yo no soy delator, yo no debo abusar de la confianza que en mí ha depositado. Yo le debo á él más que á todos ésos; él cavó la tumba de mi madre; ¡esos la mataron! ¿Qué tengo que ver con ellos? Hice todo lo posible para ser bueno, útil; he procurado olvidar y perdonar; ¡sufrí toda imposicion y solo pedía me dejasen en paz! Yo no estorbaba á nadie... ¿Qué han hecho de mí? ¡Que vuelen sus miembros destrozados por el aire! ¡Bastante hemos sufrido!