—¿Qué haces aquí? preguntóle. ¡Ven!

Isagani le miró vagamente, se sonrió con tristeza y volvió á mirar hácia los balcones abiertos, al través de los cuales se veía la vaporosa silueta de la novia, cogida del brazo del novio, alejándose lánguidamente.

—¡Ven, Isagani! ¡Alejémonos de esa casa, ven! decía en voz ronca Basilio cogiéndole del brazo.

Isagani le apartaba dulcemente ¡y seguía mirando con la misma dolorosa sonrisa en los labios!

—¡Por Dios, alejémonos!

—¿Por qué alejarme? ¡Mañana ya no será ella!

Había tanto dolor en aquellas palabras que Basilio se olvidó por un segundo de su terror.

—¿Quieres morir? preguntó.

Isagani se encogió de hombros y siguió mirando.

Basilio trató de arrastrarle de nuevo.