—Ben Zayb, ¡bravo como un leon y tierno como un cordero!
Cuando llegó al sitio de la ocurrencia, con gran sorpresa suya encontró que el herido no era otro que el P. Camorra, castigado por su provincial á espiar en la quinta de placer, á orillas del Pasig, sus travesuras de Tianì. Tenía una pequeña herida en la mano, una contusion en la cabeza al caerse de espaldas; los ladrones eran tres é iban armados de bolos; la cantidad robada, cincuenta pesos.
—¡No puede ser! decía Ben Zayb; cállese usted... ¡no sabe lo que se dice!
—¡Que no lo he de saber, puñales!
—¡No sea usted tonto!... los ladrones debían ser más...
—¡Hombre! el chupa-tintas éste...
Tuvieron un buen altercado. Lo principal para Ben Zayb era no soltar el artículo, dar proporciones al hecho para que resulte la peroracion.
Cortó la discusion un susurro. Los ladrones cogidos habían hecho declaraciones importantes. Uno de los tulisanes de Matangláwin (Cabesang Tales) les había dado cita para reunirse con su banda en Santa Mesa, para saquear los conventos y las casas de los ricos... Les guiaría un español, alto, moreno, de cabellos blancos, que decía obraba por orden del General, de quien era muy amigo; se les había asegurado además que la artillería y varios regimientos se les reunirían, por lo que no debían tener miedo ninguno. Los tulisanes serían indultados, y la tercera parte del botin les correspondería. La señal debiendo ser un cañonazo, y habiéndolo esperado en vano, los tulisanes creyéndose burlados,unos se retiraron, otros volvieron á sus montañas prometiendo vengarse del español, que por segunda vez había faltado á su palabra. Ellos entonces, los ladrones cogidos, quisieron hacer algo por su cuenta y atacaron la quinta que hallaron más á mano, prometiendo dar religiosamente las dos terceras partes del botin al español de cabellos blancos si acaso las reclamaba.
Coincidiendo las señas con las de Simoun, la declaracion fué recibida como un absurdo y al ladron le aplicaron toda serie de torturas, la máquina eléctrica inclusive, por aquella impía blasfemia. Mas, la noticia de la desaparicion del joyero habiendo llamado la atencion de toda la Escolta, y habiéndose encontrado sacos de pólvora y grande cantidad de cartuchos en su casa, la declaracion tuvo visos de verdad y empezó el misterio á rodear poco á poco el asunto, envolviéndose en nebulosidades, se habló cuchicheando, tosiendo, con miradas recelosas, puntos suspensivos, y muchas frases huecas de ocasion. Los que fueron iniciados no acababan de salir de su asombro, sacaban caras largas, palidecían y poco faltó para que muchos perdieran la razon al descubrirse ciertas cosas que habían pasado desapercibidas.
—¡De buena nos hemos librado! ¿Quién iba á decir...?