Pero Cabesang Tales replicaba:

—Si yo todos los días doy limosna á un pobre por evitar que me moleste ¿quién me obligará á mí despues que le siga dando si abusa de mi bondad?

Y de allí nadie le podía sacar y no había amenazas capaces de intimidarle. En vano el Gobernador M—— hizo un viaje expresamente para hablarle y meterle miedo; él á todo respondía:

—Podeis hacer lo que querais, señor Gobernador, yo soy un ignorante y no tengo fuerzas. Pero he cultivado esos campos, mi mujer y mi hija han muerto ayudándome á limpiarlos y no los he de ceder sino á aquel que pueda hacer por ellos más de lo que he hecho yo. ¡Que los riegue primero con su sangre y que entierre en ellos á su esposa y á su hija!

Resultas de esta terquedad los honrados jueces daban la razon á los frailes y todos se le reían diciendo que con la razon no se ganan los pleitos. Pero apelaba, cargaba su escopeta y recorría pausadamente los linderos. En este intervalo su vida parecía un delirio. Su hijo Tanò, un mozo alto como su padre y bueno como su hermana, cayó quinto; él le dejó partir en vez de comprarle un sustituto.

—Tengo que pagar abogados, decía á su hija que lloraba; si gano el pleito ya sabré hacerle volver y si lo pierdo no tengo necesidad de hijos.

El hijo partió y nada más se supo sino que le raparon el pelo y que dormía debajo de una carreta. Seis meses despues se dijo que le habían visto embarcado para las Carolinas; otros creyeron haberle visto con el uniforme de la Guardia civil.

—¡Guardia civil Tanò! ¡Susmariosep! exclamaban unos y otros juntando las manos; ¡Tanò tan bueno y tan honrado! ¡Requimiternam!

El abuelo estuvo muchos días sin dirigir la palabra al padre, Julî cayó enferma, pero Cabesang Tales no derramó una sola lágrima; durante dos días no salió de casa como si temiese las miradas de reproche de todo el barrio; temía que le llamasen verdugo de su hijo. Al tercer día, sin embargo, volvió á salir con su escopeta.

Atribuyéronle propósitos asesinos y hubo bienintencionado que susurró haberle oido amenazar con enterrar al lego en los surcos de sus campos; el fraile entonces le cobró verdadero miedo. A consecuencia de esto, bajó un decreto del Capitan General prohibiendo á todos el uso de las armas de fuego y mandándolas recoger. Cabesang Tales tuvo que entregar su escopeta, pero armado de un largo bolo prosiguió sus rondas.