—Cuando yo sea médico y nos casemos, tu padre no necesitará de sus campos.
—¡Qué tonta he sido en llorar tanto! se decía mientras arreglaba su tampipi.
Y como sus dedos tropezasen con el relicario, lo llevó á sus labios, lo besó, pero se los frotó inmediatamente temiendo el contagio; aquel relicario de brillantes y esmeraldas había venido de un lazarino... ¡Ah! entonces sí, si ella contraía semejante enfermedad, no se casaría.
Como empezaba á clarear y viera á su abuelo sentado en un rincon, siguiendo con los ojos todos sus movimientos cogió su tampipi de ropas, se acercó sonriendo á besarle la mano. El viejo la bendijo sin decir una palabra. Ella quiso bromear.
—Cuando el padre vuelva le direis que al fin me he ido al colegio: mi ama habla español. Es el colegio más barato que se puede encontrar.
Y viendo que los ojos del viejo se llenaban de lágrimas, puso sobre su cabeza el tampipi y bajó apresuradamente las escaleras. Sus chinelas resonaban alegremente sobre las gradas de madera.
Pero cuando volvió el rostro para mirar una vez más hácia su casa, la casa donde se habían evaporado sus últimos ensueños de niña y se dibujaron sus primeras ilusiones de joven; cuando la vió triste, solitaria, abandonada, con las ventanas á medio cerrar, vacías y oscuras como los ojos de un muerto; cuando oyó el debil ruido de los cañaverales y los vió balancearse al impulso del fresco viento de la mañana como diciéndole «adios», entonces su vivacidad se disipó, detúvose, sus ojos se llenaron de lágrimas y dejándose caer sentada sobre un tronco que había caido junto al camino, lloró desconsoladamente.
Hacía horas que Julî se había ido y el sol estaba ya bastante alto. Tandang Selo desde la ventana miraba á la gente que en traje de fiesta se dirigía al pueblo para oir la misa mayor. Casi todos llevaban de la mano, ó cargaban en brazos un niño, una niña, ataviados como para una fiesta.
El día de la Pascua en Filipinas es, segun las personas mayores, de fiesta para los niños; los niños acaso no sean de la misma opinion y se puede presumir que le tienen un miedo instintivo. Con efecto: se les despierta temprano, se les lava, se les viste y pone encima todo lo nuevo, caro y precioso que tienen, botines de seda, enormes sombreros, trajes de lana, de seda ó de terciopelo sin dejar cuatro ó cinco escapularios pequeños que llevan el evangelio de S. Juan, y así cargados los llevan á la misa mayor que dura casi una hora, se les obliga á sufrir el calor y el vaho de tanta gente apiñada y sudorosa, y si no les hacen rezar el rosario tienen que estar quietos, aburrirse ó dormir. A cada movimiento ó travesura que pueda ensuciar el traje, un pellizco, una reprimenda; así es que ni rien ni estan alegres y se lee en los redondos ojos la nostalgia por la vieja camisola de todos los días y la protesta contra tanto bordado. Despues se les lleva de casa en casa á visitar á los parientes para el besamanos; allí tienen que bailar, cantar y decir todas las gracias que sepan, tengan ó no humor, esten ó no incómodos en sus atavíos, con los pellizcos y las reprensiones de siempre cuando hacen alguna de las suyas. Los parientes les dan cuartos que recogen los padres y de los que regularmente no vuelven á tener noticia. Lo único positivo que suelen sacar de la fiesta son las señales de los pellizcos ya dichos, las incomodidades y á lo mejor una indigestion por un atracon de dulces ó bizcochos en casa de los buenos parientes. Pero tal es la costumbre y los niños filipinos entran en el mundo por estas pruebas que despues de todo resultan ser las menos tristes, las menos duras en la vida de aquellos individuos...