Paróse, se pasó una mano por la frente y cerró los ojos; cuando los abrió, vió que el hombre se retorcía riendo y el lego se cogía el vientre como para evitar que estalle de alegría y luego vió que señalaban hácia su casa y volvían á reir.

Un ruido vibró en sus orejas, sintió al rededor de las sienes el chasquido de un latigazo, la nube roja reapareció ante sus ojos, volvió á ver los cadáveres de su mujer é hija, y al lado el hombre y el fraile riendo y cogiéndose la cintura.

Olvidóse de todo, dió media vuelta y siguió el sendero por donde marchaban aquellos: era el sendero que conducía á sus terrenos.

Simoun aguardó en vano que volviese aquella noche Cabesang Tales.

Al día siguiente cuando se levantó, observó que la funda de cuero de su revólver estaba vacía: abrióla y dentro encontró una papel que contenía el relicario de oro con las esmeraldas y brillantes y algunas líneas escritas en tagalo que decían:

«Perdonareis, señor, que estando en mi casa os prive de lo que es vuestro, mas, la necesidad me obliga, y en cambio de vuestro revólver os dejo el relicario que tanto deseabais. Necesito armas y parto á reunirme con los tulisanes.

Os recomiendo no sigais vuestro camino, porque si caeis en nuestro poder, como ya no sois mi huesped, os exigiremos un considerable rescate.»

Telesforo Juan de Dios.

—¡Al fin tengo á mi hombre! murmuró respirando Simoun; es algo escrupuloso... pero tanto mejor: ¡sabrá cumplir con sus compromisos!

Y ordenó á su criado que por el lago se fuese á Los Baños se llevase la maleta grande y le esperase allí, porque él por tierra iba á seguir su viaje llevándose la que contenía sus famosas piedras.