—Sabe usted que las virtudes que uno pueda tener, arguyó gravemente el P. Sibyla, no son como los brillantes que pueden pasar de mano en mano, venderse y revenderse... residen en el ser, son accidentes inherentes en el sujeto...
—Me contento entonces con que ustedes me paguen de boquilla, replicó alegremente Simoun; usted, P. Sibyla, en vez de darme cinco tantos me dirá, por ejemplo: renuncio por cinco días á la pobreza, á la humildad, á la obediencia... usted; P. Irene: renuncio á la castidad, á la largueza, etc. ¡Ya ven que es poca cosa y yo doy mis brillantes!
—¡Qué hombre más singular es este Simoun, qué ocurrencias tiene! dijo el P. Irene riendo.
—Y éste continuo Simoun tocando familiarmente en el hombro á Su Excelencia, éste me pagará cinco tantos, un vale por cinco días de carcel; un solo, cinco meses; un codillo, orden de deportacion en blanco; una bola... digamos una ejecucion espedita por la Guardia Civil mientras se le conduce á mi hombre de un pueblo á otro, etc.
El envite era raro. Los tres paseantes se acercaron.
—Pero, señor Simoun, preguntó el alto empleado, ¿qué saca usted con ganar virtudes de boquilla, y vidas y destierros y ejecuciones espeditas?
—¡Pues mucho! Estoy cansado de oir hablar de virtudes y quisiera tenerlas todas, todas las que hay en el mundo encerradas en un saco para arrojarlas al mar, aun cuando tuviera que servirme de todos mis brillantes como de lastre...
—¡Vaya un capricho! exclamó el P. Irene riendo; ¿y de los destierros y ejecuciones espeditas?
—Pues, para limpiar el pais y destruir toda semilla mala...
—¡Vamos! todavía está usted furioso con los tulisanes y cuidado que bien podían haberle exigido un rescate mayor ó quedarse con todas sus alhajas. ¡Hombre, no sea usted ingrato!