—Es una rebelion pacífica, una revolucion en papel sellado, añadió el P. Sibyla.

—¿Revolucion, rebelion? preguntó el alto empleado mirando á unos y á otros como si nada comprendiese.

—La encabezan unos jóvenes tachados de demasiado reformistas y avanzados por no decir otra cosa, añadió el secretario mirando al dominico. Hay entre ellos un tal Isagani, cabeza poco sentada... sobrino de un cura clérigo...

—Es un discípulo mío, repuso el P. Fernandez, y estoy muy contento de él...

—Puñales, ¡tambien es contentarse! exclamó el P. Camorra; en el vapor por poco nos pegamos de cachetes: porque es bastante insolente, ¡le dí un empujon y me contestó con otro!

—Hay ademas un tal Macaragui ó Macarai...

—Macarai, repuso el P. Irene terciando á su vez; un chico muy amable y simpático.

Y murmuró al oido del General:

—De ése le he hablado á usted, es muy rico... la señora condesa se lo recomienda eficazmiente.

—¡Ah!