La clase era un gran espacio rectangular con grandes ventanas enrejadas que daban paso abundante al aire y á la luz. A lo largo de los muros se veían tres anchas gradas de piedra cubiertas de madera, llenas de alumnos colocados en orden alfabético. Hácia el estremo opuesto á la entrada, debajo de una estampa de Sto. Tomás de Aquino, se levantaba la cátedra del profesor, elevada, con dos escaleritas á ambos costados. Esceptuando un hermoso tablero con marco de narra sin usar casi, pues en él continuaba aun escrito el ¡viva! que apareció desde el primer día, no se veía allí ningun mueble útil ó inútil. La paredes, pintadas de blanco y protegidas en parte por azulejos para evitar roces, estaban enteramente desnudas: ni un trazado, ni un grabado, ¡ni un esquema siquiera de un instrumento de Física! Los alumnos no tenían necesidad de más, nadie echaba de menos la enseñanza práctica de una ciencia eminentemente experimental; por años y años se ha enseñado así y Filipinas no se ha trastornado, al contrario continúa como siempre. Alguna que otra vez bajaba del cielo un instrumentillo que se enseñaba de lejos á la clase, como el Santísimo á los fieles prosternados, mírame y no me toques. De época en época, cuando venía algun profesor complaciente, se señalaba un día del año para visitar el misterioso Gabinete y admirar desde fuera los enigmáticos aparatos, colocados dentro de los armarios; nadie se podía quejar; aquel día se veía mucho laton, mucho cristal, muchos tubos, discos, ruedas, campanas, etc.; y la feria no pasaba de allí, ni Filipinas se trastornaba. Por lo demás, los alumnos estan convencidos de que aquellos instrumentos no se han comprado para ellos; ¡buenos tontos serían los frailes! El Gabinete se ha hecho para enseñárselo á los estrangeros y á los grandes empleados que venían de la Península, para que al verlo muevan la cabeza con satisfaccion mientras que el que les guía sonríe como diciendo:

—¿Eh? ¿ustedes se han creido que se iban á encontrar con unos monjes atrasados? Pues estamos á la altura del siglo; ¡tenemos un gabinete!

Y los estrangeros y los grandes empleados, obsequiados galantemente, escribían despues en sus viajes ó memorias que La Real y Pontificia Universidad de Sto. Tomás de Manila, á cargo de la ilustrada orden dominicana, posee un magnífico Gabinete de Física para la instruccion de la juventud... Cursan anualmente esta asignatura unos doscientos cincuenta alumnos, y sea por apatía, indolencia, poca capacidad del indio ú otra causa cualquiera etnológica ó suprasensible... hasta ahora no ha despuntado un Lavoisier, un Secchi ni un Tyndall, siquiera en miniatura, ¡¡¡¡de la raza malayo-filipina!!!!

Sin embargo, para ser exactos, diremos que en este Gabinete tienen sus clases los treinta ó cuarenta alumnos de ampliacion y por cierto bajo la direccion de un catedrático que cumple bastante con su deber, pero, procediendo la mayor parte de estos del Ateneo de los jesuitas donde la ciencia se enseña prácticamente en el gabinete mismo, su utilidad no resulta grande como lo sería si se aprovechasen de él los doscientos cincuenta que pagan su matrícula, compran su libro, estudian y emplean un año para despues no saber nada. Resulta de ello, que esceptuando algun raro capista ó sirviente que tuvo á su cargo los museos durante años y años, jamás se supo de ninguno que haya sacado provecho de las lecciones de memoria con tanto trabajo aprendidas.

Pero volvamos á nuestra clase.

El catedrático era un dominico joven, que había desempeñado con mucho rigor y excelente nombre algunas cátedras en el Colegio de S. Juan de Letran. Tenía fama de ser tan gran dialéctico como profundo filósofo y era uno de los de más porvenir en su partido. Los viejos le consideraban, y le envidiaban los jóvenes, porque entre ellos tambien existen partidos. Era aquel el tercer año de su profesorado y aunque era el primero en que explicaba Física y Química, pasaba ya por ser un sabio no solo entre los complacientes estudiantes sino tambien entre los otros nómadas profesores. El P. Millon, no pertenecía al vulgo de los que cada año cambian de cátedra para tener ciertos conocimientos científicos, alumnos entre otros alumnos sin más diferencia que la de cursar una sola asignatura, preguntar en vez de ser preguntados, entender mejor el castellano y no examinarse al fin del curso. El P. Millon profundizaba la ciencia, conocía la Física de Aristóteles y la del P. Amat; leía atentamente el Ramos y de cuando en cuando echaba un vistazo al Ganot. Con todo, sacudía muchas veces la cabeza con aire de duda, sonreía y murmuraba: transeat. En cuanto á Química, se le atribuían poco vulgares conocimientos desde que, fundándose en un dicho de Sto. Tomás de que el agua era una mezcla, probó palmariamente que el Angélico Doctor se había con mucho anticipado á los Berzelius, Gay Lussac, Bunsen y otros materialistas más ó menos presumidos. No obstante, apesar de haber sido profesor de Geografía, todavía conservaba ciertas dudas acerca de la redondez de la tierra y se sonreía con malicia al hablar de los movimientos de rotacion y revolucion en torno del sol, recitando:

El mentir de las estrellas

Es un cómodo mentir...

Se sonreía con malicia ante ciertas teorías físicas y tenía por visionario cuando no por loco al jesuita Secchi imputándole el trazar triangulaciones sobre la hostia como efecto de sus manías astronómicas, por cuya causa, decía, le prohibieron decir misa; muchos notaron tambien en él cierta inquina contra la ciencia que explicaba, pero tales lunares son pequeñeces, preocupaciones de escuela y religion y se explican facilmente no solo porque las ciencias físicas sean eminentemente prácticas, de pura observacion y deduccion mientras su fuerte estaba en las filosóficas, puramente especulativas, de abstraccion é induccion, sino tambien porque á fuer de buen dominico, amante de las glorias de su orden, no podía sentir cariño por una ciencia en que ninguno de sus hermanos había sobresalido—¡era él el primero en no creer en la Química de Sto. Tomás!—y en que tantas glorias habían conquistado órdenes enemigas, digamos sus rivales.