Del patrio campo la sedienta arena;

Ya en la pradera amena

El ave á quien hirió metal ardiente.

Ni tus bosques añosos,

Ni los ríos, ni el valle, ni la fuente

Serán ya respetados

De los hombres odiosos

Que turbaron la paz y tu bonanza;

Mientras yo, por venganza,

Desataré los indomables vientos