—Además, para que vean nuestros vecinos que somos gente espléndida y nos sobra dinero,—continuó don Filipo levantando la voz y lanzando una rápida mirada al grupo de los viejos,—propongo: 1.o cuatro hermanos mayores para los dos días de fiesta, y 2.o que cada día se arrojen al lago 200 gallinas fritas, 100 capones rellenos y 50 lechones, como lo hacía Sila, contemporáneo de ese Cicerón, de quien acaba de hablar Cpn. Basilio.

—¡Eso es, como Sila!—repitió Cpn. Basilio lisonjeado.

El asombro subía por grados.

—Como va á acudir mucha gente rica y cada uno se trae miles y miles de pesos y sus mejores gallos, y el liam-pó[6] y las cartas, propongo quince días de gallera, libertad de abrir todas las casas de juego...

Pero los jóvenes le interrumpieron levantándose: creían que el teniente mayor se había vuelto loco. Los viejos discutían con calor.

—Y por último, para no descuidar los placeres del alma...

Los murmullos y los gritos que se levantaron de todos los rincones de la sala cubrieron totalmente su voz: aquello no fué ya más que un tumulto.

—¡No!—gritaba un intransigente conservador;—¡no quiero que se alabe de haber hecho la fiesta, no! ¡Dejadme, dejadme hablar!

—¡Don Filipo nos ha engañado!—decían los liberales. ¡Votaremos en contra! ¡Se ha pasado á los viejos! ¡Votemos en contra!

El gobernadorcillo, más abatido que nunca, no hacía nada para restablecer el orden: esperaba que lo restableciesen ellos.