—¡Buscad á esa mujer!—mandó Crisóstomo á los criados.—He prometido trabajar para averiguar el paradero de sus hijos...
—¿Que han desaparecido dicen ustedes?—preguntó el alférez.—¿Sus sacristanes de usted han desaparecido, padre cura?
Este apuró el vaso de vino que tenía delante é hizo señas con la cabeza de que sí.
—¡Caramba, padre cura!—exclama el alférez con risa burlona, y alegre con el pensamiento de una revancha;—desaparecen algunos pesos de V. R. y se me despierta á mi sargento muy temprano para que los haga buscar; desaparecen dos sacristanes, y V. R. no dice nada, y usted, señor capitán... Verdad es también que usted...
Y no concluyó su frase, sino que se echó á reir hundiendo su cuchara en la roja carne de una papaya silvestre.
El cura, confuso y perdiendo la cabeza, contestó:
—Es que yo tengo que responder del dinero...
—¡Buena respuesta, reverendo pastor de almas!—interrumpió el alférez con la boca llena.—¡Buena respuesta santo varón!
Ibarra quiso intervenir, pero el padre Salví, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, repuso con una sonrisa forzada:
—Y ¿sabe usted, señor alférez, qué se dice de la desaparición de esos chicos? ¿No? ¡Pues pregúntelo usted á sus soldados!