—¿Que si creo? ¡Como en el Evangelio! ¡El indio es tan indolente!
—¡Ah! perdone usted que le interrumpa,—dijo el joven bajando la voz y acercando un poco su silla;—ha pronunciado una palabra que llama todo mi interés: ¿existe verdaderamente, nativa, esa indolencia en los naturales, ó sucede, según un viajero extranjero, que nosotros excusamos con esta indolencia la nuestra propia, nuestro atraso y nuestro sistema colonial? Hablaba de otras colonias cuyos habitantes son de la misma raza...
—¡Ca! ¡Envidias! Pregúnteselo al señor Laruja, que también conoce el país; ¡pregúntele si la ignorancia y la indolencia del indio tienen igual!
—En efecto,—contestó el hombre pequeñito, que era el aludido,—en ninguna parte del mundo puede usted ver otro más indolente que el indio, ¡en ninguna parte del mundo!
—¡Ni otro más vicioso, ni más ingrato!
El joven rubio principió á mirar con inquietud á todas partes.
—Señores, dijo en voz baja, creo que estamos en casa de un indio; esas señoritas...
—¡Bah! ¡no sea usted tan aprensivo! Santiago no se considera indio, y además, no está presente y... ¡aunque estuviera! Esas son tonterías de los recién venidos. Deje que pasen algunos meses; cambiará de opinión cuando haya frecuentado muchas fiestas y bailujan[5], dormido en los catres y comido mucha tinola.
—¿Es acaso eso que usted llama tinola una fruta de la especie del loto que vuelve á los hombres... así... como olvidadizos?